Tendencias a conformar con el grupo

ANA ROMAN MARCOS

El término “influencia social” se refiere al cambio en los juicios, opiniones o actitudes de un individuo que son el resultado de su exposición a los juicios, opiniones o actitudes de otros individuos. Algunos de los fenómenos más importantes relacionados con la influencia social son: conformidad e influencia de la mayoría, obediencia a la autoridad o la influencia del grupo minoritario. Estas teorías de la conformidad social comparten la idea de que sin dirigir el comportamiento de los sujetos de manera explícita, la presencia de otros puede incrementar la consciencia del valor social que tienen ciertos patrones, determinados comportamientos, y las consecuencias sociales de los mismos; este aumento de la consciencia puede llevar a un incremento de la conformidad hacia esos patrones.

En cuanto a la conformidad o influencia de la mayoría, existen experimentos en los que podemos ver cómo el individuo acaba cayendo en la cuenta de la mayoría. Un ejemplo clásico de esto es el experimento de las líneas de Asch.

Asch invitó a 7 estudiantes a participar en un experimento de discriminación visual. Los sujetos tenían que decidir en 18 ocasiones cuál de las tres líneas era semejante en longitud a una línea patrón. La tarea era sencilla: en un grupo control de 37 sujetos que hicieron el juicio de las líneas en solitario solo 2 erraron al dar la respuesta. Sin embargo, en condición experimental grupal en la que solo una persona era participante real y el resto estaba compinchado con el experimentador, el 37% de los participantes erraron la respuesta.

A raíz del experimento de Asch se siguió investigando sobre este fenómeno de la conformidad social y los límites de este, y en qué condiciones esta conformidad aumenta o disminuye. Parece ser que cuando la persona debe emitir un juicio sobre la realidad objetiva en presencia de otros, existen dos preocupaciones principales: tener razón o generar una buena impresión ante los demás. La primera tiene que ver con la influencia informativa y la segunda con la influencia normativa. La influencia informativa se produce cuando nos fiamos más del juicio ajeno que del propio a la hora de decidir qué información es más fiable: la que dicen mis sentidos y la realidad física o lo que dicen los demás. La influencia normativa se genera cuando conformamos con el grupo por la necesidad de pertenencia que el ser humano posee por naturaleza, para no ser rechazado por el grupo.

Es importante saber que prácticamente todas las personas tendemos a entrar dentro de estos patrones sociales, por lo que, muchas veces, aunque no nos imaginemos conformando con ciertas situaciones, la presión grupal es un fenómeno que se puede dar dentro de cualquier persona. Aquellos movimientos sociales y grupales que nos pueden parecer inexplicables muchas veces se basan en fenómenos tan sencillos como estos que hemos explicado.

¿Puede cualquier persona cometer los actos más atroces?

¿Puede cualquier persona cometer los actos más atroces? Esta es una pregunta que parece tener una respuesta sencilla; no; “yo soy buena persona”, “yo nunca haría daño a una persona inocente sin un motivo que lo justificara plenamente” “yo no podría estar indiferente ante el dolor o la violencia” son frases que nos podríamos decir a nosotros mismos en respuesta a esta pregunta. Pero la verdad es, desgraciadamente, muy diferente.

A lo largo del siglo XX, después de presenciar los crímenes cometidos por el III Reich en los campos de exterminio, tras los juicios de Núremberg, muchos académicos y psicólogos se sorprendieron al ver como muchos nazis no mostraban ni un atisbo de culpa por los actos tan atroces que cometieron, decían que sólo seguían órdenes.  También se sorprendieron al conocer que muchas veces la población civil conocía estos actos y los vivían con “indeferencia”. ¿Los nazis fueron realmente malvados y desalmados o se trató de un fenómeno grupal que podría ocurrirle a cualquiera en las mismas condiciones?

Stanley Milgram fue un psicólogo de la Universidad de Yale que en el año 1961 llevó a cabo  una serie de experimentos para saber si en determinadas circunstancias, los seres humanos somos capaces de transgredir nuestros valores morales.

Milgram creó un «generador de descarga eléctrica” con 30 interruptores. El interruptor estaba claramente marcado en incrementos de 15 voltios, oscilando entre los 15 y 450 voltios (recordemos que el voltaje de una casa en EEUU es de 120V)

También puso etiquetas que indicaban el nivel de descarga, tales como «Moderado» (de 75 a 120 voltios) y «Fuerte» (de 135 a 180 voltios). Los interruptores de 375 a 420 voltios fueron marcados «Peligro: Descarga Grave» y los dos niveles más altos de 435 a 450 fueron marcados con una triple X «XXX». Este generador era en realidad de mentira y sólo producía un sonido cuando se pulsaban los interruptores.

 

Se reclutaron 40 sujetos (hombres) por correo y por un anuncio en el periódico. Creían que iban a participar de un experimento sobre la «memoria y el aprendizaje» En la prueba, a cada sujeto se le informó claramente que se le iba a pagar por ir y que conservaría el pago «independientemente de lo que pasara después de su llegada».

Después a la persona se le presentaba a  un «experimentador», la persona que dirigía el experimento, y a otra persona que se la indicó como otro sujeto. El otro sujeto era en realidad un cómplice del experimentador. Es decir, solo había un sujeto real, los otros dos eran “actores”

Los dos sujetos (el sujeto verdadero y el cómplice) sacaron un papel para saber quién iba a ser un «maestro» y quién un «aprendiz». El sorteo estaba amañado para que el  sujeto verdadero siempre obtuviera el papel de «maestro».

Después de esto pasaban a una sala en la que ataban al aprendiz/cómplice en una silla para evitar “movimientos involuntarios” y le colocaban unos electrodos. Después el sujeto del experimento era conducido a otra sala donde se encontraba el generador, sin poder ver al “aprendiz”.

Es importante tener en cuenta que los dos sujetos se han conocido y el “aprendiz” intenta ser agradable, además el aprendiz menciona que tiene problemas cardíacos. El sujeto del experimento piensa que le podría haber tocado a él el papel de ser aprendiz; es decir, él podría ser quien recibiera las descargas.

Al sujeto se le dijo que tenía que  enseñar pares de palabras al aprendiz. Cuando el alumno cometía un error, al sujeto se le dijo que tenía que castigar al aprendiz por medio de una descarga, con un incremento de 15 voltios por cada error.

El aprendiz nunca recibió realmente las descargas, pero cuando se pulsaba un interruptor de descarga se activaba un audio grabado anteriormente en el que el aprendiz se iba quejando cada vez más de dolor, llegados a la descarga de 150V el “aprendiz” grita que no quiere seguir el experimento, que le duele el pecho y que ya dijo que tenía problemas cardíacos. A partir de aquí cada vez el “aprendiz” se queja más, pide terminar, pide que le saquen de la sala, grita cada vez con más desesperación…etc. Hasta la descarga de 345V en la que ya no contesta, ni grita, dando a entender que le ha podido suceder algo.

Si el sujeto mostraba dudas sobre el experimento o decía que no quería seguir, el experimentador contestaba con una serie de frases predefinidas, empezando por la más suave y aumentando poco a poco:

-«Continúe, por favor»

-«Siga, por favor»

-«El experimento necesita que usted siga»

-«Es absolutamente esencial que continúe »

-«No tiene otra opción, debe continuar»

Si el sujeto preguntaba quién era responsable si algo le pasaba al aprendiz, el experimentador respondía: «Yo soy responsable». Esto daba alivio al sujeto y así muchos continuaban.

Antes de realizar el experimento Milgram reunió a una serie de expertos para preguntarles qué porcentaje de personas llegarían a aplicar tales descargas a una persona inocente; el comité definió que como máximo el 3%, de los sujetos, que sería los sujetos sádicos o psicópatas. Los datos revelaron que el 65% de los sujetos llegó hasta el final del experimento y el 100% aplicó descargas de 300 voltios. Fue tal la sorpresa que replicaron el experimento con diferentes grupos de edad, grupos sociales distintos, solo con mujeres…etc. Y los resultados siempre eran los mismos. Cuando una figura de “autoridad” estaba presente las personas castigaban al aprendiz a pesar de que muchas de ellas se mostraban claramente contrariadas y ansiosas.

Esto significa que personas ordinarias, ante la orden de una figura con apenas un poco de autoridad, son capaces de actuar con una crueldad en principio inimaginable

 

¿Hasta qué punto somos totalmente conscientes de las consecuencias de nuestros actos cuando tomamos una decisión dura por obedecer a la autoridad? ¿Qué complejos mecanismos intervienen en la obediencia actos que van en contra de nuestra ética?

 

MAIJ

Qué hace vs. Qué no hace un psicólogo

A lo largo de los años, han ido cambiando las creencias sobre lo que hace o no hace un psicólogo. Este concepto es influido muchas veces por la corriente terapéutica que predomine en cada cultura y momento histórico, y sobre todo cómo lo experimenta la sociedad y los mitos que se van desarrollando alrededor de esta profesión.

De igual forma, el cine es un medio que influye mucho en la percepción de la sociedad y es verdad que no hacen falta películas que hablen del rol del psicólogo, algunas más cercanas a la realidad y otras no tanto.

 

Qué No Hace

  • No medica: Es verdad que el psicólogo puede conocer los efectos y recomendaciones de medicamentos de salud mental, pero no es el profesional indicado para recetarlos, ni para modificar las dosis. Si la persona puede beneficiarse de un medicamento, el psicólogo puede recomendar asistir a una consulta psiquiátrica
  • No da consejos ni instrucciones: Este es un mito muy común, sin embargo, el trabajo del psicólogo no es dar consejos, sino ayudar a la persona a encontrar sus propias respuestas, ya que cada persona es diferente y lo que puede funcionar para una, no necesariamente lo hará para otra
  • No hace magia, ni recomienda remedios mágicos: Esto es algo muy común en el ámbito cinematográfico, sin embargo, es importante saber que no hay remedios mágicos ni soluciones fáciles en la psicología. Cada persona atraviesa por un proceso distinto que será positivo si es bien llevado, aunque tome tiempo
  • No manipula, ni busca intereses propios: El único objetivo profesional del psicólogo es ver por el bien del paciente. Es por esto que deberá tener cuidado de los posibles conflictos de intereses o creencias que pudieran afectar el proceso terapéutico
  • No “psicoanaliza” en entornos personales y sociales (fuera de la consulta): Esta frase es una que seguramente todo psicólogo ha escuchado: “no me vayas a psicoanalizar”, tanto que parece chiste entre los profesionales. El trabajo del psicólogo deberá limitarse únicamente al entorno terapéutico, entre psicoterapeuta y paciente, y es verdad que no busca analizar ni juzgar, sino comprender y acompañar a la persona
  • No juzga: El trabajo del psicólogo no involucra juzgar a la persona que tiene delante en terapia, sino aceptarla de forma incondicional y acompañarla en un proceso de “darse cuenta” y alcanzar una mejor calidad de vida y bienestar psicológico

 

 

 

Qué Sí Hace

  • Busca el bien del paciente: El terapeuta siempre debe optar por el mayor bienestar del paciente a pesar de todo y guiar hacia este bienestar
  • Acepta incondicionalmente: Es fundamental que el psicólogo adopte una actitud de aceptación incondicional, a pesar de las diferencias individuales, ya que el paciente es una persona que merece admiración y respeto, simplemente por ser persona
  • Escucha e identifica patrones: A diferencia de la creencia de que el trabajo del psicólogo es analizar, juzgar y dar consejos, el trabajo principal es escucha de forma activa y poder identificar los patrones de pensamiento y conducta que tenga la persona para fomentar el “insight” o “darse cuenta” y fortalecer o modificar ciertos patrones
  • Deja tareas: Dependiendo de la corriente terapéutica, la personalidad del psicólogo y el trabajo con cada paciente, se pueden dejar tareas a lo largo del proceso que puedan ayudar al paciente a trabajar sobre lo que se ha revisado en sesión
  • Respeta la confidencialidad: La confidencialidad es un concepto fundamental en el proceso de terapia y el psicólogo debe custodiarlo, manteniendo ocultos los datos e información de cada paciente (Nota: la confidencialidad puede romperse únicamente cuando corre riesgo la propia vida del terapeuta, la del paciente o la de un tercero)
  • Autoconocerse: Es muy recomendable que el psicoterapeuta acuda a supervisión y a psicoterapia (si es necesario) para evitar involucrar creencias y heridas personales en el ambiente terapéutico

Psicoterapia vs. psicofarmacoterapia ¿Qué pasaría si un psicólogo pudiera recetar?

Tanto la psicología clínica como la psiquiatría trabajan para intervenir sobre la salud mental de las personas. Por ello resulta fundamental que exista una buena comunicación entre los profesionales de ambas disciplinas. Aun así, intervienen desde dos perspectivas diferentes. La primera desde un modelo más mentalista y la suguiente desde un ambiente más médico y organicista. Sin embargo, es importante resaltar que ambos modelos están muy relacionados y en muchas ocasiones un tratamiento adecuado depende de ambos.

En 1984 comenzó a desarrollarse en EEUU una corriente denominada «movimiento de la prescripción», formando a diez psicólogos del ejército estadounidense para poder prescribir psicofármacos. A partir de entonces, se creó un programa de posgrado que permitía formar a psicólogos con especialidad en psicofarmacología y algunas leyes que lo avalaban. Esto defiende un enfoque biopsicosocial para el tratamiento proveniente de un único profesional.

A lo largo de la historia han surgido diferentes perspectivas sobre este fenómeno. La prescripción realizada por un psicólogo garantizaría una decisión tomada por un profesional especializado en la materia, la salud mental. Sin embargo, es cierto que requeriría realizar una formación adicional, ya que la formación de los estudiantes de psicología sobre psicofarmacología, anatomía y fisionomía aporta una base sólida pero no suficiente para ello.

Además, podría ser de utilidad para ajustar la medicación con un tiempo de espera menor, ya que las revisiones con los profesionales de psiquiatría suelen ser menos frecuentes, de menor duración y más espaciadas en el tiempo.

Por otro lado, habría que tener en cuenta que la prescripción podría acortar el tiempo de terapia y esto podría resultar perjudicial para algunos pacientes, además de adoptar un modelo más reduccionista, pudiendo olvidar la importancia de los tratamientos psicosociales y la visión de la persona desde una perspectiva global.

Esta cuestión no debería estar determinada por intereses económicos o superioridad de alguna de las profesiones, sino que debería priorizar el mejor servicio al paciente.

La psicoterapia cuenta por sí misma con tratamientos y modelos con efectividad empírica en numerosas alteraciones. Sin embargo, en ciertos casos resulta útil combinarlo con determinados psicofármacos, de la misma manera que ocurre a la inversa, de ahí la necesidad de realizar una intervención conjunta.

Además, la prescripción de psicofármacos podría generar una relación transferencial perjudicial para la alianza terapéutica (Pachman, 1996). En estos casos podría interferir en los efectos de la terapia el locus de control externo, generando ambivalencia entre al propio efecto psicoterapéutico y el de los fármacos.

Para reflexionar:

¿Por qué un psicólogo clínico no puede prescribir psicofármacos pero un médico que no está especializado en salud mental sí lo hace?

¿Están los psicólogos capacitados para recetar? ¿Qué formación adicional deberían recibir para hacerlo?

¿Qué repercusiones puede tener la prescripción a nivel terapéutico?

Bibliografía

Benito, E. (2009). Psicólogos prescribiendo. PSIENCIA: Revista Latinoamericana de Ciencia Psicológica, 1(1), 6.

Carrasco, R. E. P. (2013). Psicoterapia v/s Farmacoterapia I, Aproximación inicial a las fronteras disciplinarias e ideológicas frente a una praxis compartida. Cuadernos de Neuropsicología/Panamerican Journal of Neuropsychology, 1(1).

Ferreres, V., Pena-Garijo, J., Ballester Gil de Pareja, M., Edo, S., Sanjurjo, I., & Ysern, L. (2012). ¿Psicoterapia, farmacoterapia o tratamiento combinado?: Influencia de diferentes variables clínicas en la elección del tratamiento. Revista de la asociación española de neuropsiquiatría, 32(114), 271-286.

Miedo a sentirse loco si voy al psicólogo

En la sociedad actual continúa estando muy arraigada la idea de que las personas que acuden a un psicólogo son personas que “están locas” o tienen problemas psicológicos graves y es por esta creencia errónea que genera temor y vergüenza, que muchas personas a pesar de sentir malestar en su vida cotidiana, no se plantean buscar ayuda profesional.

Ante esto, en primer lugar, es muy importante quitar la etiqueta de “locos” a aquellas personas que padecen trastornos psicológicos. Y, en segundo lugar, es necesario señalar que no hace falta tener un trastorno psicológico ni hay que esperar a tener un problema grave para acudir a terapia.

Ya que la intervención psicológica va más allá del tratamiento de trastornos mentales y/o psicopatologías, también se interviene en problemas emocionales, comportamentales y vinculados a las relaciones personales para que la persona pueda alcanzar un bienestar a partir de cambios en su manera de comportarse, de sentir y de relacionarse con los demás.

La intervención psicológica es siempre un proceso adaptado a cada persona y a sus circunstancias, y es por eso que cada experiencia individual es única y aquello en lo que un psicólogo puede ayudar a las personas es también muy variado, ya que lo que provoca malestar o nos impide desenvolvernos bien en la vida adopta diferentes formas.

Es por esto que sin temor a “sentirse loco”, se puede buscar ayuda profesional si se está pasando por un mal momento o hay aspectos que se quisieran mejorar como puede ser la gestión de las emociones, del estrés, comportamientos, etc.

Es importante identificar aquellas situaciones que no se pueden manejar por no contar con los recursos y/o herramientas necesarias y es allí donde el acompañamiento del psicólogo puede ayudar.

No hay que tener miedo a ir al psicólogo, ya que no es un indicador de “locura”, al contrario, es un indicador de que la persona se preocupa por sí misma y su propio bienestar, siendo un signo de autocuidado y de un deseo por crecer y avanzar en la vida, aceptando que en algunos
momentos podemos necesitar ayuda y acompañamiento de un profesional en el proceso para lograr estos objetivos.

Referencias:
https://psicologiaymente.com

Carolina Ferreira

La medicalización

El tratamiento farmacológico comprende uno de los pilares básicos en los que hoy en día se sustentan los tratamientos en salud mental. Siendo este una parte fundamental que claramente aporta beneficios, también se pueden observar claras desventajas en su uso. Todo depende del caso con el que nos encontremos, pero generalmente, el uso de fármacos suele ser la forma fácil y rápida de llegar a una meta en la que luego seguramente la persona no pueda celebrar que ha llegado. Sin embargo, aunque la psicoterapia es un camino más complejo y más largo, a largo plazo será más efectivo, ya que la persona habrá conseguido desarrollar sus propias herramientas de gestión emocional, solución de problemas, habilidades sociales y de relación, etcétera; además, el cerebro tiene una gran cualidad, la neuroplasticidad, la cual se pone en marcha con el uso activo del mismo, cosa que con los psicofármacos no ocurre, ya que solo te proporcionan de manera endógena aquello que te “falta”, pero que no “fabricas” tú mismo. El fármaco sirve como coadyuvante del tratamiento psicoterapéutico. Realiza una función psico-fisiológica que el cerebro no está siendo capaz de hacer por sí mismo a nivel de neurotransmisores. Sin embargo, el cambio real se producirá a nivel psicoterapéutico, que hará que a posteriori los niveles de neurotransmisores se vayan compensando para no necesitar del fármaco.

Teniendo esto en cuenta, sorprende que la mayoría de las veces sea el tratamiento farmacológico la primera línea de intervención que se aplica a un paciente. El tratamiento de elección siempre debe ser el tratamiento psicoterapéutico. Pasado un tiempo prudencial, si no se han producido cambios beneficiosos o, en su defecto, resultados en el proceso del paciente, entonces se pasaría a poner en marcha un tratamiento combinado de farmacología y psicoterapia, pero nunca tratamiento farmacológico aislado. El tratamiento farmacológico aislado de la psicoterapia es como poner una tirita sin curar la herida; dejas de verla, pero sigue estando, y además, como no las has curado, cuando quites la tirita estará aún más infectada.

Existen claras ventajas que la farmacología aporta a según que trastornos mentales. En el caso de trastornos más graves a nivel cerebral como la esquizofrenia, son esenciales para poder gestionar de mejor manera los síntomas positivos que aparecen. Sin esa regulación seguramente no se podría empezar a trabajar con la persona en el resto de las áreas para que pueda volver a tener una vida adaptada. En caso de depresiones mayores o de trastornos de ansiedad también son importantes. Pero el último paso a mirar siempre será la retirada del psicofármaco, nunca un uso crónico del mismo.

Lo que claramente parece estar fomentando cada vez más la prescripción de fármacos en lugar de acudir a psicoterapia es la falta de recursos de salud mental en la sanidad pública. La falta de psicólogos en atención primaria que puedan cribar y detectar la problemática y la necesidad del paciente es esencial. Que existan más plazas de psicólogos en los hospitales trabajando de la mano de los psiquiatras para que exista un plan conjunto de tratamiento y así regular mejor la cantidad de fármaco que muchas veces esta descontrolado y/o desproporcionado. La consulta de psicoterapia en la sanidad pública a la que poder acudir a recibir tratamiento psicoterapéutico es una de las cosas de mayor necesidad, ya que muchas personas y familias no pueden permitirse el coste de una psicoterapia privada.

¿Es el sistema actual de salud mental público el culpable de la alta tasa de medicalización actual? ¿Se debería de crear desde cero un nuevo sistema de salud mental en la sanidad pública que cubra todas las necesidades reales de las personas?

Explicación histórica de los estereotipos del psicólogo

Los estereotipos suelen ser creencias sobre las características de ciertos grupos, que tienden a estar compartidos por la sociedad. Estas creencias se construyen a través de expectativas, ideas, conocimientos o interpretaciones sobre estos grupos de los que se ha generado un estereotipo, y por tanto pueden ser tanto positivas (ej. los españoles son muy alegres), cómo negativas (ej. los españoles son unos vagos).

Dentro del mundo de la psicología, también existen diversos estereotipos sobre lo que son y hacen los psicólogos, al igual de lo que son las personas que deciden ir al psicólogo. Seguramente todos hayamos escuchado alguna vez los típicos comentarios de que tienes que estar muy mal o loco para ir al psicólogo, calificando al psicólogo como un loquero, o un sitio al que acudir cuando se tienen problemas serios. Otras de las frases comunes que solemos escuchar los psicólogos es la de que leemos las mentes, cómo si fuéramos magos y brujas. No sólo eso, también se nos ve como confesores o personas a las que vas para que te den consejos, cuando no es exactamente así. Siendo nuestra labor más la de acompañar y mostrar recursos que les puedan ser de utilidad a las personas que acuden a nosotros.

Algunas de estas creencias tienen su base en la labor que ejercían los psicólogos hace varios años, y en quienes ejercían esta labor antes de existir la profesión del psicólogo cómo tal.

Un ejemplo de esto se puede observar con el hecho de que se nos vea como confesores, ya que las personas vienen a nosotros con un problema que contar, labor que se puede pensar que en un pasado ejercían los curas en los confesionarios. Al fin y al cabo, cuando las personas iban a la iglesia a confesarse, posiblemente hablaran de los problemas que más les angustiaba, con la intención de ser escuchados y esperando una solución por parte del cura para dejar de sentirse así. Lo cual tiene cierta similitud con la labor de los psicólogos actuales, ya que escuchamos y ayudamos.

Por otra parte, la creencia de que somos los loqueros y sólo las personas con serios problemas o personas “locas” acuden al psicólogo, también tiene su explicación histórica ya que en los siglos pasados comúnmente se llevaban a. psicólogo o psiquiatra a aquellos individuos con los que los familiares ya no sabían qué hacer. Además, se le suma a esto el desconocimiento por aquel entonces de algunas patologías como la esquizofrenia o la bipolaridad, por lo que la explicación dada era la de que estaban locos. Esta creencia además se ha visto reforzada por los libros, películas y series, en las que por lo general las personas que acuden a un psicólogo son vistas por la sociedad como “locos”. Incluso dentro de los textos religiosos podemos encontrar diversas historias en las que los individuos son calificados como locos por actuar de forma poco comprensible para los demás.

 

  • Maite Arboledas Cabeza –

 

¿Qué más estereotipos conoces sobre los psicológicos?

¿Consideras que una persona que acude al psicólogo está loca?

¿Es necesario tener un problema grave para ir al psicólogo?

 

Anónimo (2019). Estereotipos y mitos sobre los psicólogos y la psicología. Poradenské centrum Bienestar.       https://centrumbienestar.sk/es/estereotipos-y-mitos-sobre-los-psicologos-y-la-psicologia/

Ramírez Lago, R. (2021). Estereotipos, prejuicios y discriminación. Psicología y Mente. https://psicologiaymente.com/social/estereotipos-prejuicios-discriminacion

Scull, A. (2013). Madness: a very short introduction. Oxford University Press. DOI: 10.1093/actrade/9780199608034.001.0001

 

Normalizar lo Patológico

Está sucediendo en la sociedad actual y en los diversos contextos de la vida cotidiana el fenómeno que denominamos como “normalización”; desarrollándose dentro del ámbito familiar, laboral, escolar, cultural, entre otros. Relacionado con este término están también las interrogantes de ¿es bueno o malo?, ¿normal o anormal?
Pero, ¿a qué llamamos normalización? Por una parte podemos definirlo como: las cargas simbólicas de comportamiento y pensamiento asumidas colectivamente y como parte de la educación y la imitación de modelos que permean.
Pero en otro sentido, como los procesos de aceptación, tolerancia, habituación, convivencia, complicidad y conocimiento de modelos de conducta, de justificación de acciones y de percepción de la realidad. (Miguel Agustín Romero Morett, Walter Bañol López, 2020).
Esta normalización se entiende mejor cuando examinamos comportamientos que se pueden clasificar como aparentemente patológicos, término que tenemos en el otro extremo, y que podemos definirlo desde una mirada medica como: una disciplina que conecta la práctica clínica y la ciencia básica, e implica la investigación de las causas (etiología) de la enfermedad, así como de los mecanismos subyacentes (patogenia) que dan lugar a los signos y síntomas de presentación del paciente (Kumar, Cotran y Robbins, 2008).
La idea de este artículo es mencionar situaciones donde este fenómeno de la “normalización” de comportamientos patológicos se da en la cotidianidad; es decir, entender cómo ciertos comportamientos son acogidos dentro del marco de la cotidianidad como normales en nuestra sociedad y que la misma estimula y favorece su uso.
Tal es el caso de uso de móviles, videojuegos, televisión u ordenadores, conductas que se definen en la actualidad como adictivas, sin querer generalizar en todos los casos, pero de alguno forma definirlas, ya que si podemos hablar de dependencia, pérdida de impulsos y alteración de la conducta y que dado el caso pudieran provocar síndrome de abstinencia. Estos objetos han sido además definidos en diversos artículos relacionados con el tema como “adictógenos”.
Dicho esto, podemos preguntarnos ¿Estamos entonces normalizando conductas patológicas?
Si mencionamos algunos ejemplos podemos hablar de:
La notable interferencia de los videojuegos en la edad escolar, con disminución de los rendimientos académicos en gran parte por la actitud de pasividad y descenso de concentración, unido a síntomas de irritabilidad, perretas y molestas, cuando los mismos son retirados.
El uso del teléfono sin una verdadera obligatoriedad comunicativa, pasando mucho tiempo hablando a pesar del gasto desmedido y de ser innecesario, así como pendientes al mismo en todo momento. A esto se le une el uso de internet de forma abusiva y la dependencia a las redes sociales. Conductas que han ido deteriorando la comunicación y las relaciones sociales, familiares y laborales y que al igual que los videojuegos sin son suspendidas pueden provocar malestar.

Referido esto podemos plantear las interrogantes:
¿Qué podemos hacer ante estas conductas?
¿Qué acciones podemos realizar desde el plano psicológico para moderar estas conductas?

Referencias:
https://www.psyciencia.com/

Kerine Lastre Chico.

¿Lo normal es lo sano?

¿Qué efecto tiene la palabra “normal” sobre nuestros pensamientos y emociones?

Todos tenemos necesidad de pertenecer. El ser humano es una criatura primariamente social, que depende de los demás para sobrevivir desde su nacimiento. Necesitamos formar parte, sentir aceptación, encontrar nuestro lugar. En ocasiones, esto nos lleva a temer la idea de destacar o de no seguir la norma y limamos nuestros bordes, y con ello nuestras singularidades, para encajar en los moldes de lo que consideramos lo aceptado, lo apropiado, lo normal.

El caso de nuestras emociones y pensamientos no es una excepción. En un mundo en el que nadie nos enseña a reconocer, y mucho menos a regular, nuestras emociones, nos enfrentamos a la tarea de convivir con ellas y aprender a gestionarlas por nuestra cuenta mediante ensayo-error, y a este complicado proceso añadimos el peso de plantearnos si esas emociones son «normales» o si, por el contrario, nos convierten en seres extraños y nos alejan del ideal de «normalidad», que en muchas ocasiones utilizamos como indicador de pertenencia, ajuste social y posibilidad de ser aceptados y amados por los otros.

Las emociones son comunes a todos los seres humanos, nos ayudan a reconocernos como personas y como iguales, favoreciendo que nos vinculemos los unos a los otros. Además, cumplen diversas funciones para favorecer nuestra supervivencia, como darnos información acerca de cómo nos afectan las situaciones, nos impulsan a actuar y nos facilitan vincularnos con los demás. Nuestras emociones son parte indivisible de quiénes somos, permitiéndonos experimentar la vida de manera profunda y personal, transformando nuestra vivencia y evitando que esta se reduzca a una sucesión de datos e imágenes, recordándonos en cada momento que estamos vivos y que cada experiencia configura nuestra historia y se integra en nosotros moldeando nuestra persona.

A veces la experiencia emocional es desconcertante o incluso desagradable, generando en nosotros rechazo y un deseo de hacerlas desaparecer. Pero, ¿qué sería de nosotros si no fuésemos capaces de enfadarnos cuando vulneran nuestros derechos? ¿No es la tristeza un indicador de que lo perdido era amado? Calificar nuestras emociones de «raras» o «anormales» conlleva un rechazo a parte de nuestra experiencia y, en consecuencia, a una parte de quiénes somos. Cada persona es única y vive las cosas de manera diferente, lo cual no nos hace «raros», si no que nos permite tener individualidad y enriquecernos los unos a los otros. Darse el tiempo necesario para observarlas, entender de dónde vienen y la función que cumplen nos ayuda a sostenerlas, y comunicarlas puede facilitar el acercamiento y acompañamiento de los otros, que nos comprendan y nos ayuden a ver qué todo aquello que sentimos tiene un sentido y que no estamos solos ni somos «raros».

Quizá la clave esté en no pretender ser comprendidos por los otros porque hayan percibido las emociones de la misma manera que nosotros, pues estas siempre se dan en una situación concreta y se experimentan de forma diferente en cada persona. Sin embargo, podemos estar seguros de que todos las tenemos y de que la experiencia emocional es parte de la vida. La manera concreta en que la vivimos es una de las características únicas e irrepetibles que nos hacen ser quiénes somos.

 

 

 

PREGUNTAS DE REFLEXIÓN

 

¿Crees que las emociones nos acercan o nos alejan de los demás?

¿Sabes reconocer tus emociones?

¿Tienes alguna vez la sensación de que nadie se siente como tú?

¿Compartes con alguien cómo te sientes?

 

Greenberg, L. (2000). Emociones: una guía interna. Ed. Descleé de Brouwer.