¿Problema o trastorno? ¿Cuál es la diferencia?

A lo largo de la vida, nos enfrentamos a numerosos problemas y dificultades cotidianas que nos vemos obligados a manejar para continuar con el día a día. Este manejo y su posible resolución generan bienestar y permiten, en la mayoría de las ocasiones, avanzar. Sin embargo, la falta de estrategias o la incapacidad para manejar algunas situaciones pueden aumentar el malestar emocional y la angustia, llegando a desencadenar problemas mayores que deriven en trastornos, ya sean físicos o psicológicos. Este tipo de situaciones pueden estar influenciadas por nuestra forma de pensar, actuar o sentir y generan un alto grado de sufrimiento, aunque la propia persona no siempre sea plenamente consciente de ello.

En la actualidad, está aumentando la tendencia a acudir a terapia a causa de estos problemas que generan insatisfacción personal y sufrimiento, como una ruptura de pareja, dificultades en la convivencia, un duelo por la pérdida de un ser querido, estrés laboral, etc. Estas nuevas demandas terapéuticas están relacionadas con cambios sociales y con una mayor exigencia en la calidad de vida, además de por la medicalización de la vida diaria (Echeburúa, Salaberría, & Cruz Sáez, 2014).

Según el DSM-5, un trastorno hace referencia a: «patrones de comportamiento de significación clínica que aparecen asociados a un malestar emocional o físico de la persona, a una discapacidad, al deterioro en el funcionamiento cotidiano, a la pérdida de libertad o incluso a un riesgo significativamente aumentado de implicarse en conductas contraproducentes o de morir prematuramente”.

Por esto, podemos entender un trastorno como una alteración del estado de salud, debido o no a una enfermedad, donde un cambio problemático y, por tanto, desadaptativo afecta al procesamiento general de la persona e interfiere en su vida diaria de una manera muy significativa.

Aunque a veces se nos olvide, no solo existe el dolor físico, sino que también experimentamos dolor psíquico a través de las emociones, pensamientos, impulsos, recuerdos… que preocupan e incomodan y no encontramos la manera de afrontar.

En conclusión, actualmente el motivo de consulta de las personas que acuden a terapia se relacionan con situaciones de malestar emocional y no con trastornos con un nombre clínico, síntomas y tratamiento concreto. Se trata de aquellos que se sienten sobrepasados por sus dificultades cotidianas y carecen de las estrategias de afrontamiento necesarias, apoyo familiar o social, etc. para hacer frente a ello.

Preguntas para reflexionar

¿Dónde está el límite entre una dificultad personal y pasajera y un problema que realmente está condicionando el día a día? ¿Hasta qué punto influye este desconocimiento para acudir a terapia? ¿Promovemos los psicólogos esta indiferencia en los términos en nuestras sesiones?

Bibliografía

Echeburúa Odriozola, E., Salaberría Irízar, K., & Cruz Sáez, M. S. (2014). Aportaciones y limitaciones del DSM-5 desde la Psicología Clínica. Terapia Psicológica. Revista Chilena de Psicología Clínica32(1), 65–74.

El etiquetado a nivel social

La desinformación asusta; el no saber inquieta. La falta de conocimiento, por ende, es peligrosa.

¿De que maneras combatimos entonces el desconocimiento y la falta de información? Los “heurísticos” son atajos mentales que generamos inconscientemente para explicar o entender una realidad incompleta, de la que no tenemos toda la información. En la sociedad en la que vivimos, la salud mental es la gran desconocida entre el grueso de la población. Y ni que decir tiene las diferentes patologías, trastornos, síntomas y realidades de las personas que las padecen; son los grandes incomprendidos y la gran diana del estigma social. Esto hace que, al no entenderlo, se generen estereotipos y creencias erróneas que dan una falsa sensación de conocimiento y estructura, generando este estigma.

En línea con esto, aparece la etiqueta y su función. A nivel social, la etiqueta serviría como un atajo cognitivo más, una forma de procesamiento cognitivo que utiliza el cerebro como forma de economizar el tiempo y el esfuerzo a la hora de tener que categorizar la información que continuamente recogemos del contexto en forma de inputs; se le denomina “economía cognitiva”. De esta forma, el cerebro genera los estereotipos con los que jugar a la hora de categorizar.  Si aplicamos la idea del etiquetado a los diagnósticos psicológicos, la cosa empieza a peligrar; sobre todo por cómo son vistas y utilizadas las etiquetas en el imaginario colectivo de la sociedad actual. Estas etiquetas siguen estando muy ligadas a un imaginario basado en creencias erróneas y distorsionadas de una época pasada en la que reinaba la ignorancia sobre estas problemáticas.

Al igual que una etiqueta diagnóstica puede ser una gran ayuda y servir de alivio para un paciente a nivel personal, a nivel social puede suponer una carga con la que lidiar en su día a día. Esto se debe a que la etiqueta a nivel social, solamente sirve como contenedor de rasgos o características estereotipadas y sacadas de contexto que se le otorgan a una persona de manera prejuiciosa. Además, gran parte de esos estereotipos ligados a las etiquetas son negativos, lo cual genera un estigma con el que es muy complicado vivir.

 

Esta dinámica se ve muy claramente representada en las personas con un diagnóstico de trastorno mental grave, como por ejemplo, esquizofrenia o trastorno límite de la personalidad. Estas personas, al salir a la calle con el diagnóstico, acaban siendo la diana de miradas y pensamientos distorsionados de la realidad que ellos viven, siendo algunos de estos el miedo. No es extraño encontrarte a gente con creencias como: un esquizofrénico puede matarme; un esquizofrénico no puede tener trabajo; a un esquizofrénico se le puede ir la cabeza de repente y hacerme daño. Para el grueso de la población, el desconocimiento les lleva a igualar la esquizofrenia con peligro y miedo, lo que genera un rechazo que es palpable en la vida de estas personas.

En este sentido, los medios de comunicación también juegan un papel importante en la producción del miedo, rechazo y estigma hacia el colectivo de personas con trastorno mental. Se debería de poner más cuidado a la hora de exponer según qué noticias en el telediario público, ya que la mayoría de las veces no cuentan con la suficiente minuciosidad en la información y dan voz a situaciones que están lejos de ser representativas de este colectivo.

 

¿Debemos de hacer un esfuerzo por rediseñar las etiquetas del imaginario colectivo de nuestra sociedad? ¿Es la educación en las aulas la vía para ello?

¿Se debería de ilegalizar que según qué noticias se hagan públicas?

¿Debemos de rediseñar la forma en la que exponer una noticia de agresión/violencia/asesinato producido por una persona con trastorno mental? ¿Deberían los psicólogos estar involucrados en el proceso o al menos que los periodistas encargados estén formados?

 

Baumann, A. E., (2007). Stigmatization, social distance and exclusion because of mental illness: The individual with mental illness as a “stranger”. International Review of Psychiatry, 19(2), 131-135 doi:10.1080/09540260701278739

Etiquetado ¿Beneficioso o Iatrogénico?

No cabe la menor duda que las etiquetas diagnósticas cumplen una función muy importante y beneficiosa de cara a la comunicación entre profesionales. Comprenden una serie de características psicológicas dentro del diagnóstico descrito, que facilitan el entendimiento del malestar del paciente. También, pueden resultar muy útiles para aquellos pacientes que sienten que algo no va bien, pero no llegan a entender qué es lo que le sucede, o incluso sus amigos o familiares -al tampoco llegar a comprenderlo- le culpan de sus acciones y síntomas. En dichas situaciones, la etiqueta diagnóstica puede esclarecer todas las dudas que tenía la persona, sobre las razones de su propio malestar, pudiendo disminuir además la sensación de culpa. Al mismo tiempo, el entorno podrá comprender el porqué del malestar de la persona , entendiendo que se debe a causa del trastorno psicológico que se le ha diagnosticado. Ser más comprensivo, tanto con el pasado, como con el presente y futuro del paciente, parece el nuevo camino a seguir.

Sin embargo, a pesar de la existencia de aspectos positivos, las etiquetas diagnósticas pueden resultar iatrogénicas para el paciente.

El diagnóstico puede disminuir la angustia de la persona, pues da una explicación a su manera de actuar, pensar o sentir. Sin embargo, esa tranquilidad que aporta, en forma de justificación de su malestar, puede encasillar a la persona en lo que se denomina rol de enfermo. Es decir, la persona al formar parte de la etiqueta de un trastorno, acaba justificando cualquier acción desde la propia enfermedad que le han diagnosticado, renunciando a la potencialidad que tiene como persona para cambiar o actuar distinto. En otras palabras, para la persona la etiqueta puede convertirse en la coartada perfecta de cualquier forma de actuar. Todo pasaría a estar justificado bajo su diagnóstico y por tanto, no se le puede responsabilizar de ello. Realizando un símil, es como un barco sin capitán ni tripulación, navega donde le llevan las olas, nada puede impedirlo y nada distinto se puede esperar, pues nadie dirige el buque.

El paciente deja de ser persona, para convertirse en el trastorno que le han diagnosticado. Su identidad pasa a ser la etiqueta psicológica, que le ha proporcionado comprensión acerca de lo que le pasa, pero que al mismo tiempo ha provocado la renuncia a su libertad. La libertad y la responsabilidad son hermanas gemelas y una va siempre acompañada de la otra. Si una persona deja de considerarse responsable de sus acciones y de su vida, su libertad disminuirá proporcionalmente. Recuperarse de dicho diagnóstico que ha aparecido en su vida, parece más complicado, puesto que se está partiendo desde una posición estática en la que uno es el trastorno que padece. Es como comenzar una disputa en la que ya comienzas perdiendo.

 

Reflexiones:

¿Te gustaría que tu terapeuta te comunicara tu diagnóstico?

¿Qué es lo que más te ayudaría de saber el nombre de la etiqueta diagnóstica?

¿Qué es lo que menos te gustaría de saber tu diagnóstico?

 

Echeburúa, E., Salaberría, K., & Cruz-Sáez, M. (2014). Aportaciones y limitaciones del DSM-5

desde la Psicología Clínica. Terapia psicológica32(1), 65-74

El DSM-5 y sus limitaciones

El DSM (Manual Diagnóstico y Estadístico de Trastornos Mentales) consiste en una guía para el diagnóstico de trastornos mentales para gran parte de los profesionales sanitarios.

En la actualidad acuden a consulta personas que están sufriendo malestar a raíz de situaciones difíciles en su vida que les desbordan, algo que anteriormente no era tan común pues solían recibir mayor apoyo psicológico las personas con cuadros más «graves» de ansiedad, depresión, esquizofrenia… En el DSM-5 existe un apartado denominado «Otros problemas que pueden ser objeto de atención clínica» en el cual están incluidos los problemas relacionales, incluyendo el maltrato, abuso y negligencia en la infancia, problemas educativos y laborales…

El hecho de que exista una mayor demanda de apoyo psicológico en relación a estas temáticas nos da información de cómo van cambiando las necesidades sociales y también de cómo parece existir una tendencia a asignar a todos los problemas un nombre clínico. Es llamativo que en la primera edición del DSM se recojan 106 trastornos y que en la actual la cifra haya subido a 216 durante un periodo de 60 años. Esta tendencia a «etiquetar» parece estar fomentada por la industria farmacéutica.

Con respecto a las limitaciones del DSM, este manual se enmarca en el modelo médico categorial de enfermedad, por lo que no representa la realidad ya que hay grupos de síntomas que están presentes en muchas categorías diagnósticas, y hay pacientes con un mismo diagnóstico, pero con una sintomatología muy diferente, por ello, el hecho de que se establezca un diagnóstico, no clarifica el tratamiento a aplicar con el paciente.

Además, en el DSM se realiza una descripción detallada de la problemática que presenta el paciente. Sin embargo, no se va más allá de la etiqueta, no se informa de los posibles orígenes de los síntomas que está presentando el paciente, no se tiene en cuenta que el sufrimiento humano es multicausal, y se asocia a factores biológico, contextuales y psicológicos que son únicos a cada individuo, pues cada persona es un mundo, y ese mundo nos lo tiene que enseñar el paciente.

Por otro lado, independientemente de la existencia de estas limitaciones presentes en el DSM-5, que no dejan espacio a otras clínicas psicológicas, humanistas, subjetivas y contextuales, sería interesante parar a preguntarse… ¿Puede un manual abarcar tantas exigencias que son tan necesarias en la práctica clínica? ¿Es posible que en parte el exigir tanto a un documento viene de una necesidad de control que no podemos tener y con la que tiene que convivir todo terapeuta? ¿Cómo afecta la perspectiva que presenta este manual a los diferentes modelos terapéuticos?

 

Echeburúa, E., Salaberría, K., & Cruz-Sáez, M. (2014). Aportaciones y limitaciones del DSM-5 desde la Psicología Clínica. Terapia psicológica, 32(1), 65-74. http://dx.doi.org/10.4067/S0718-48082014000100007.

Las personas según el DSM: Máquinas que lloran

La influencia de la psiquiatría americana sobre la salud mental es un hecho indiscutible. En concreto, la Asociación Estadounidense de Psiquiatría (APA) sigue marcando hoy en día, a través del Manual Diagnóstico y Estadístico de los Trastornos Mentales (DSM), el proceso de diagnóstico de los trastornos mentales. Así, encontramos que el sufrimiento y los problemas mentales de las personas son reducidos a una causa biológica, dejando fuera del diálogo el contexto en el que viven, dando soluciones parciales que no solo ponen un parche al problema, pero no terminan de arreglarlo.

En el presente artículo vamos a hacer un pequeño repaso por la historia de la APA para comprender cómo la visión biologicista ha acabado imponiéndose, impidiendo que otras visiones complementarias participen en el estudio y cuidado de la salud mental.

Desde el siglo XX, en el que la importancia de la psiquiatría americana creció enormemente, esta ha estado formada por tres aspectos fundamentales. El aspecto biológico, el social y el psicoanalítico.

Durante todo este tiempo, estos tres ejes han estado disputándose la supremacía dentro de la APA, para poder así imponer su visión del asunto. A mediados del siglo XX en el que se lanzaron las dos primeras ediciones del DSM, el pilar psicoanalítico era el que indicaba cómo debía atenderse un problema psicológico. Su visión, por la que el propio desarrollo de las personas en sociedad generaba que fueran neuróticas en algún grado, permitía que el pilar social no fuera olvidado, ya que nuestros conflictos y experiencias traumáticas tenían una historia de aprendizaje social. Pero al trabajar desde el concepto del inconsciente, algo intangible para la medicina, era difícil poder concretar exactamente qué tipo de problema sufría una persona.

De esta manera, los diagnósticos acababan siendo en muchas ocasiones arbitrarios y prejuiciosos. Durante los años setenta, diversos movimientos activistas se quejaron de estas fallas en el funcionamiento, demandando un diagnóstico más claro como el que se llevaba a cabo en el resto de la medicina.

En 1980, el diagnóstico cambió, imponiéndose un modelo biomédico. Así, de una masa de anormalidad mental, se pudieron diferenciar y separar distintos trastornos a través de la categorización de los síntomas de la persona. Y aunque facilitó la clasificación de problemas, estos seguían teniendo una causa misteriosa y desconocida, pues el diagnóstico se realizaba a partir de los síntomas, que en sí también eran la consecuencia del problema y no su causa.

La implicación de la tercera edición del DSM era que, partiendo de la biomedicina, se concluyó que todo trastorno debía tener una causa biológica, y por lo tanto tratable médica y farmacológicamente. El estudio científico orientado desde este modelo descubrió mecanismos que contribuyen al mantenimiento de enfermedades, pero a pesar de los esfuerzos, no apareció conocimiento concluyente de la biología como causa principal de los trastornos (tan solo un 3% de las categorías del DSM tienen una causa biológica conocida). Aun así, el pilar biológico que gobernaba seguía negando que otras causas externas pudieran provocar cualquier tipo de problema, pues no había evidencia de una relación directa entre circunstancia social y trastorno mental.

Las personas quedan así reducidas a máquinas cuyos defectos en sus mecanismos internos les generaban malestar, los cuales, como se hace con cualquier aparato, podían ser arreglados a partir de una intervención directa sobre su cuerpo.

Dicha visión impuesta por la APA se ha mantenido hasta nuestros días, en los que el Instituto Nacional de Salud Mental estadounidense ha decidido dejar de utilizar su manual para la clasificación de trastornos mentales, probando con modelos menos reduccionistas que ofrecieran mejores soluciones.

Así, el componente social y humano vuelve a abrirse camino en esta área de la medicina. Aunque a paso lento, las personas ya no son solo cerebros que responden a diferentes moléculas e impulsos eléctricos, sino que las características de su contexto y la construcción de su ser son también agentes activos de la causa de sus males.

Ahora debemos ver cómo evoluciona esta nueva conceptualización en el futuro, ¿volverán las personas a ser máquinas biológicas con fallos, o un significado más amplio de las personas se abrirá camino en el diagnóstico y solución de problemas de la salud mental?

Referencia: Decoteau, C. L. y Sweet, P. L. (2016). Psychiatry’s little other: DSM-5 and debates over psychiatric science. Social Theory & Health, 14(4), 414–435doi:10.1057/s41285-016-0013-2

Preguntas de reflexión:

¿Únicamente influyen en nuestra vida nuestra genética y las sustancias químicas que se procesan en el cerebro?

¿Cómo problemas sociales pueden explicar el desarrollo de problemáticas individuales?

Ventajas y desventajas al etiquetar ciertas enfermedades mentales

En nuestro día a día, hacemos uso de las etiquetas de una forma casi abusiva, ya que estas nos proporcionan cierto orden dentro de un mundo que se rige por el caos. Por eso, el etiquetar las cosas nos da seguridad al permitirnos percibir cierto control en el caos en el que vivimos. No sólo eso, el utilizar etiquetas puede servirnos como ventaja a la hora de vernos formar parte de un grupo. Por ejemplo, en el caso de un individuo con un trastorno límite de personalidad, puede resultar un alivio recibir un diagnóstico, debido a que la persona puede llegar a darse cuenta de que no es la única con estos problemas y comprender mejor por qué le pasa lo que le pasa.  A su vez, esto puede ser de ayuda para los profesionales y en general las personas que traten con este individuo y tengan cierto conocimiento de lo que supone esta etiqueta, ya que pueden servir de guía para hacer el menor daño posible a este individo.

Sin embargo, estas etiquetas también pueden tener sus desventajas, en especial cuando se pasa a definir al individuo por la etiqueta que se le ha puesto, o las que la subyacen. En el caso de las enfermedades mentales esto puede pasar con mayor frecuencia de la que se podría pensar, ya que el hecho de presentar una enfermedad mental viene acompañado de una gran cantidad de etiquetas más cómo “loco”, “no es normal”, etc. Además, en ciertas enfermedades mentales algunas de las etiquetas pasan a formar parte de los mitos existentes que hay sobre esas enfermedades, cómo sería el caso de las personas que sufren de esquizofrenia o trastorno disociativo de la personalidad de los que se habla como personas “peligrosas”. Esto no sólo puede afectar a la forma que tenemos nosotros, posteriormente, de acercarnos a estas personas a las que les hemos puesto X etiqueta, en ocasiones incluso con respecto a decisiones en el ámbito laboral, sino que también les afecta a ellos, haciendo que su autoestima baje, incrementando su frustración y cambiando su autoconcepto, pudiendo llegar a cambiar su personalidad en base a la etiqueta con la que se le define.

En definitiva, el uso de las etiquetas pueden resultarnos bastante beneficiosas porque pueden darnos una sensación de control y orden que de otra forma nos sería difícil conseguir. Pero a su vez, el uso de estas etiquetas pueden conllevar ciertas desventajas, en especial para los individuos a los que va dirigida esa etiqueta. Por lo tanto, es aconsejable tener cuidado con cómo y qué etiquetamos.

 

  • Maite Sofía Arboledas Cabeza –

 

 

¿Qué ventajas y desventajas crees tú que han tenido algunas etiquetas en tu vida?

¿Consideras que el peso que tienen las ventajas al etiquetar enfermedades mentales es mayor que el de las desventajas?

¿Qué opinas de las etiquetas?

 

Cabezuelo, A. (2019). El peligro de las etiquetas. La mente es maravillosa. https://lamenteesmaravillosa.com/el-peligro-de-las-etiquetas/

Etiquetas en la Psicoterapia

Se ha debatido mucho, en el ámbito de psicoterapia y desde distintas corrientes, sobre el efecto de poner “etiquetas” refiriendo a un diagnóstico específico, y sobre todo si éste debe nombrarse como tal al paciente.

 

Es verdad que estas etiquetas existen por un motivo, y que por el mismo motivo se ha trabajado tanto en desarrollar y actualizar los manuales diagnósticos, como el DSM y el CIE. Ponerle nombre a una determinada enfermedad, trastorno o condición ayuda a delimitar lo que es esperado dentro de ciertas circunstancias y también para desarrollar un plan de tratamiento en el que la persona pueda obtener la mayor calidad de vida posible o, incluso sanar y recuperarse.

Sin embargo, ¿hasta qué punto es bueno etiquetar a una persona?

 

Una etiqueta puede afectar en gran medida tanto a la persona como a los médicos y terapeutas. Si el profesional se apega demasiado a la etiqueta del diagnóstico, puede cometer errores como dejar de ver a la persona de forma integral, sino cerrarse demasiado a los criterios y condiciones del diagnóstico. De igual forma, si el profesional se guía de forma desmesurada por el diagnóstico podría limitar el avance de la persona, como “cortando sus alas” y evitando que pueda desarrollarse desde su propio ser e individualidad.

 

Asimismo, existe el peligro de que la persona se identifique con una etiqueta. Por un lado, podría evitar una toma de conciencia y de responsabilidad, buscando justificar y esconderse detrás del diagnóstico; y es necesario recalcar la importancia de que cada persona humana cuenta con la capacidad de ser responsable de su propia vida y de las decisiones que toma, las cuales lo llevan por determinado rumbo.

Por otro lado, las etiquetas podrían limitar a una persona a alcanzar su mejor versión, por una creencia impuesta, o autoimpuesta, de que no es capaz de alcanzar más.

 

Es por esto que es de gran importancia centrarse en la individualidad de cada caso y ver a la persona que hay en el fondo, en su integridad. Independientemente de la posibilidad de cumplir ciertos criterios diagnósticos, cada persona es única y valiosa por quien ES, y no por características aisladas.

Quizá en ocasiones sea necesario utilizar una etiqueta, con el fin de delimitar nuestro plan de acción, o quizá para ayudar a la persona a sentirse comprendida en lo que pueda estar pasando o sufriendo, pero siempre guiarla para evitar que una etiqueta se vuelva en una sentencia.

 

https://bcngestalt.com/2014/12/11/el-peligro-de-las-etiquetas-en-psicoterapia/

https://www.neurita.com/el-efecto-de-poner-etiquetas-a-los-demas/

Empoderamiento de las personas con diabetes. Toma de decisiones.

El empoderamiento es un concepto de gran importancia en la actualidad, y proviene de diversas disciplinas como la psicología, filosofía, ciencias de la motivación y automotivación. Ciertamente no existe una definición universal, dando lugar a diversas interpretaciones. Podríamos decir que tiene una dimensión individual, y una colectiva.

La individual hace referencia al proceso por el cual las personas aumentan sus niveles de confianza, autoestima, autoeficacia, y capacidad para responder a sus propias necesidades, recuperando la creencia de que son capaces, y que tienen derecho a actuar y tomar decisiones en los ámbitos importantes para su vida. Podemos decir entonces que el empoderamiento es la apropiación o reapropiación del poder individual. Se trata de reconocer la posibilidad de influir en la propia existencia para cambiarla, consiguiendo más autonomía y disminuyendo nuestra vulnerabilidad.

En cuanto a la parte colectiva hablamos de desarrollar una mayor capacidad para participar y defender los derechos de un grupo con objetivos comunes como, podríamos decir, hace nuestra Asociación Diabetes Madrid, de forma continuada.

Te dejo esta frase para que reflexiones: “Aunque nada cambie, si yo cambio, todo cambia”. ¿Qué implica esto? Implica que eres capaz de decidir, capaz de cambiar tu vida, si, y solo si, te haces responsable de ella. Este concepto es fundamental para comenzar el proceso de autoconocimiento, valoración personal, y búsqueda de herramientas personales para ponerte en marcha.

En el proceso de adaptación a la enfermedad de la diabetes es habitual pasar por fases en los que uno se ve sin herramientas para hacerle frente, o siente que “no puede hacer nada” para cambiar el curso de la enfermedad o su diagnóstico. Llegados a este punto es importante hacer una lista con dos columnas: La primera sería lo que “no puedo controlar”, y la segunda sería “lo que puedo controlar”. Te invito a que te tomes tu tiempo para desarrollar esta lista, y sólo cuando lo hayas hecho sigue leyendo el artículo.

La lista podría incluir alguno de estos elementos.

  • Lo que NO puedo controlar: el diagnóstico, tomar medicación (en caso de ser necesario, y sólo hasta cierto punto), utilización de dispositivos para medir glucosa en sangre, sentirme frustrado/enfadado/triste u otras emociones…
  • Lo que SÍ puedo controlar: cómo me adapto al diagnóstico (con aceptación, negación, rabia…), cómo encajo la diabetes en mi vida de forma adecuada, cuidar mis hábitos de alimentación y ejercicio para disminuir el impacto de la diabetes, gestionar mis emociones y el estrés reduciendo de nuevo el impacto físico y psicológico de la enfermedad, qué pensamientos decido potenciar y cuáles decido dejar de lado, no quedarme enganchado en preocupaciones, (y un largo etc.).

De lo que tendrías que darte cuenta es que las cosas que SÍ puedes controlar realmente son muchas más de las que NO puedes controlar, si no es así, te toca trabajar más en esta lista, y si lo necesitas, buscar ayuda en la asociación para que te ayudemos a trabajar sobre ella, y recuperes tu confianza tu seguridad, tu PODER.

La diabetes no controla tu vida, sino que se ha convertido en un cambio que debes integrar como algo que te acompañará en tu vida. Cuanto antes nos demos cuenta de que lo único que permanece en la vida de cualquier ser humano es el cambio, más felices seremos. Nos peleamos mucho contra esta realidad.

Te proponemos ocho ejercicios que te pueden ayudar a fomentar tu empoderamiento personal:

  1. Cree en ti mismo y valórate. Busca las herramientas que tienes disponibles en vez de centrarte en las que no tienes. Todos somos diferentes y tenemos nuestra forma de hacer las cosas, está bien. Céntrate en potenciar lo que ya tienes para que te sean de utilidad.
  2. Ten presente tu objetivo. Márcate objetivos manejables que te sean fáciles de ir consiguiendo para que te sirvan de motivación para conseguir el siguiente de manera que en un tiempo, te darás cuenta de que estás consiguiendo muchas cosas.
  3. Sé positivo, sin negar las dificultades. Alimentar pensamientos positivos, no se trata de creer que “todo irá bien” y que “no me pasa nada malo”, porque intentaríamos generar una expectativa irreal e insostenible, que de hecho, también nos puede llevar a un mal afrontamiento de la enfermedad desde una actitud poco responsable. Pero alimentar los pensamientos positivos sobre ti mismo, teniendo en cuenta las dificultades presentes te ayudará a gestionar las emociones más complicadas sin hacerlas demasiado grandes e inmanejables.
  4. Construye tu seguridad. Al igual que una caja fuerte, se trata de que te apoyes en los elementos fuertes de tu personalidad para abrazar los vulnerables ayudándote en ellos. No podemos pretender negar nuestra vulnerabilidad, pero ésta no te hace débil, sino que forma parte de lo que te hace
  5. Sé creativo. No te rindas cuando la primera opción en tu intento de solución no te salga bien. Busca trabajar sobre una buena gestión de la frustración y tómate las dificultades como un reto para potenciar tu búsqueda de soluciones desde una forma creativa.
  6. Libérate del conformismo. Tira a la basura el “esto es lo que hay”. Aunque haya cosas que no puedan cambiar, siempre puedes cambiar la manera de estar con ellas. Quedarte sólo en lo conocido, en tu zona de confort, te limita mucho las opciones. Busca crecer, cambiar, aprender, y enfrentarte a tus miedos para ampliar tu zona de confort
  7. No caigas en la impaciencia. Esto es una carrera de fondo, que si tienes suerte durará toda tu vida. Si tienes suerte, porque habrás aprendido a disfrutar del proceso del cambio, y del crecimiento personal.
  8. Potencia tus habilidades sociales. Esta es una gran puerta hacia la defensa de tus derechos personales desde el cuidado de los derechos de los demás, cuidándote a ti mismo en tus vínculos y a los demás desde el respeto.

¡Mucho ánimo en tu camino de empoderamiento y crecimiento personal!

Publicado en la revista Entre Todos nº 128 (Asociación Diabetes Madrid)

Por qué es tan difícil hablar de salud mental

Cuando se trata de enfermedades mentales, no se habla de la misma manera en que hablamos sobre nuestra salud física o la de nuestros familiares, ya que el estigma y la vergüenza rodean a los problemas de salud mental.

Un estigma sucede cuando alguien te ve de manera negativa por alguna característica distintiva o por un rasgo personal que se considera, una desventaja. Lamentablemente, las creencias y las actitudes negativas hacia las personas que tienen algún problema de la salud mental son frecuentes.

Por lo que es momento de comenzar a ver la salud mental de la misma manera que lo hacemos con la salud física.

“A diferencia de otras afecciones de salud, la enfermedad mental a menudo se considera un signo de debilidad. Nunca le diríamos a alguien con una enfermedad física que simplemente lo supere o trabaje con su fuerza de voluntad, pero ese es el consejo que se les da a personas con trastornos alimentarios, problemas de abuso de sustancias, depresión, ansiedad y otros problemas de salud mental y los que sufren enfermedades mentales a menudo también lo consideran a sí mismos como debilidad.”

Existe todavía la idea de que es vergonzoso tener un problema de salud mental, siendo interpretado como un error propio, una debilidad, una incapacidad que la persona se atribuye a sí misma.

Y los que se atreven a hablar de ello se suelen encontrar con personas que los cuestionan o minimizan su malestar, lo que les provoca el aislamiento que no hace más que agravar su estado.

Este tipo de cosas deja a los que padecen trastornos con menos disposición a hablar, en lugar de buscar apoyo.

Es imprescindible entender y concientizar respecto a que la enfermedad mental es como cualquier otra condición de enfermedad física, que se puede tratar con acompañamiento y/o medicación de ser necesario y no debe convertirse en una “etiqueta” de una persona.

Algunas formas de hacer frente a estas dificultades y estigmas son:

  • Buscar tratamiento.
  • No dejar que el estigma te haga dudar de ti mismo y te cause vergüenza.
  • No aislarse.
  • No identificarse con la enfermedad.

Los juicios de los demás casi siempre provienen de una falta de comprensión más que de información basada en hechos. Aprender a aceptar lo que te pasa y reconocer lo que debes hacer para tratarlo, buscando apoyo y ayuda puede marcar una gran diferencia.

Dicho esto, se puede considerar que la situación va mejorando y que día a día hay más conciencia sobre los problemas de salud mental, y la gente se va animando a hablar más abiertamente de esto, siendo fundamental “hablar sobre las enfermedades mentales de la misma manera que hablamos sobre otros temas de salud: abiertamente, con empatía y deseo de comprender, y separando lo que la persona está sufriendo de la persona misma.” Ya que compartir experiencias es clave para acabar con las actitudes negativas y las percepciones erróneas que rodean las enfermedades mentales, y mostrar a los demás que no están solos en sus sentimientos y síntomas

 

Para reflexionar:

  • ¿En caso de que tu o alguien de tu entorno haya necesitado ayuda psicológica como los has vivido?
  • ¿Te sientes igual de cómodo hablando de salud mental como si hablaras de cuestiones de salud física?

 

Referencias:

https://es.phhsnews.com/

https://www.mayoclinic.org/

Accesibilidad medicina VS psicólogo

Vivimos en una sociedad donde estamos aprendiendo a valorar la salud mental de la misma manera que lo hacemos con la salud física. Hace unos años hablar de ir a consulta donde un psiquiatra o psicólogo todavía provocaba mucha vergüenza. Sin embargo, hoy en día cada vez se le atribuye mayor importancia al malestar emocional, por ende, la demanda y necesidad de atención psicológica va en aumento.

Desde pequeños se nos ha enseñado a buscar ayuda de un médico cuando sentimos malestar físico en nuestro cuerpo, es importante asegurarnos que la maquinaria esté funcionando como debería para seguir cumpliendo con las funciones del diario vivir, pero ¿qué pasa cuando sentimos malestar emocional? ¿El acceso al profesional de la salud mental se da con la misma facilidad que cuando se recurre a un médico?

Basándonos en cifras la respuesta a esta pregunta sería: NO. España tiene aproximadamente 4 psicólogos por cada 100,000 habitantes, lo cual es cuatro veces menos que la media europea. Entonces ¿qué nos quiere decir esta cifra? Que la cantidad de psicólogos accesibles para toda la población es totalmente insuficiente para el número de personas que necesitan acudir a una consulta accesible. Hoy en día la práctica privada es considerada un privilegio, por lo cual, en cuanto a consultas psicológicas, el sistema sanitario está colapsado ya que no se cuenta con la cantidad de psicólogos necesarios para atender a la población que busca ayuda.

Por dar otro ejemplo, se publicó hace poco en el BOE, que las plazas PIR (Psicólogo Interno Residente) para este año son de 204 plazas para todo el país. Siendo las del año pasado 198, se puede visualizar un leve incremento en el número de plazas de este año. No obstante, estos datos sólo hacen que me pregunte: ¿es este aumento suficiente para abarcar la crisis sanitaria que se está viviendo en la actualidad? ¿Se le está atribuyendo la misma importancia a la salud mental que a la física?

Mi opinión personal como profesional de la salud, es que estos números no son suficientes para abarcar la necesidad que se está produciendo en la sociedad que vivimos. Añadiendo que la pandemia producida por el COVID 19 ha provocado que la demanda sea aún mayor. Las tasas de depresión y ansiedad van en aumento, pero el número de profesionales para atender no es equivalente.

Por tanto, considero fundamental que como sociedad podamos crear conciencia de que la salud mental es igual de importante que la salud física, ya que la maquinaria principal para que nuestro cuerpo funcione, es nuestro cerebro, es este quien envía señales, mensajes y estímulos a las otras partes de nuestro cuerpo para realizar las tareas de la vida diaria, entonces ¿cómo esperamos que la población aporte a la sociedad y funcione en el día a día si no le atribuimos la importancia adecuada a cuidar como nos estamos sintiendo?

 

Por: Julia Castrellón

Mimenza, O. (2021). La preocupante tasa de desempleo en los psicólogos españoles. Recogido de: https://psicologiaymente.com/psicologia/tasa-desempleo-psicologos-espanoles