Enamórate de ti

El libro de Walter Riso: Enamórate de ti es un libro de autoayuda poco convencional. Es un libro cuya lectura no se hace en ningún momento pesada ya que está lleno de ejemplos prácticos, de consejos y reglas que puedes aplicar en tu día a día para aumentar tu amor propio y en consecuencia mejorar tus relaciones con los demás.

 

Este libro tiene frases y enunciados que te ayudan a mejorar tu autoestima, a verte de una manera diferente y a evitar las trampas que te pone tu cerebro para encontrar el amor hacia ti mismo y así poder tener una mejor calidad de vida y ser mentalmente más sano.

 

Te ayudarán mucho los ejemplos de situaciones que vemos y hacemos todos los días sin ser conscientes de cuanto nos afectan y de cómo nos hacemos daño aunque sea sutilmente.

 

Lo primero que hace el autor es dividir la autoestima en cuatro componentes básicos: autoconcepto, autoimagen, autoreforzamiento y autoeficacia. Los llama los soportes de un yo más sólido y saludable, que si falla alguno o funcionan mal nuestra autoestima será más inestable.

 

El autoconcepto

 

Es lo que piensas de ti y por consiguiente lo que te dices a ti mismo, como te tratas y lo que te exiges. Aquí Riso dice algo curioso pero muy real y es que, hay quienes andan (andamos) con un garrote invisible con el que se golpean cada vez que algo les sale mal. Si fracasan TODO ha sido su culpa y si tienen éxito ha sido cosa de “suerte”.

 

Dentro del autoconcepto, hace referencia a la mala autocritica, la autocorrelación negativa, la autoexigencia despiadada y el todo o nada, cada uno de ellos con ejemplos de que es lo que hacemos y como en términos generales no tenemos un buen concepto de nosotros mismos.

 

Para salvar el autoconcepto propone: Ser más flexibles con nosotros mismos, porque en la vida no es todo bueno o malo y hay cosas que no están en nuestro control para hacer que algo salga bien o mal.  

 

También propone tener metas más acordes a nosotros y que sean alcanzables, poner submetas para disfrutar del trayecto. Si nos ponemos metas inalcanzables dice, viviremos “Frustrados y amargados”.

 

Otras recomendaciones que hace para mejorar el autoconcepto es no mirar solo lo malo en nosotros mismos, no pensar mal de nosotros, acercarnos nuestro “yo” ideal a nuestro “yo” real y aprender a perder.

 

La autoimagen

 

En esta parte, el autor reflexiona sobre el peso que tienen en nuestra sociedad y en nuestro futuro el juicio estético que existe en nuestra cultura. Constantemente nos comparamos y comparamos a quienes nos rodean bajo parámetros de belleza que si bien no son universales, existen ciertas normas no escritas que afectan mucho a quienes no las cumplen.

 

Después de un tiempo y bajo nuestra lupa personal, integramos aquello que nos dijeron, los motes que nos dieron y las aplicamos a nosotros mismos. Casi nadie se salva de esto, casi siempre nos sobra o nos falta algo, que sabemos detectar con gran habilidad y que puede derivar en una obsesión por lo estético o en casos más graves en un trastorno dismórfico.

 

Propone trabajar y decidir “tu propio concepto de lo bello”, intentar no parecerte a nadie, uniformarte o seguir la moda dócilmente y gustarte a ti mismo, inventar tus propias pautas de belleza ya que todo está en la actitud.

 

Para mejorar la autoimagen propone: Tratar de definir tus propios criterios de la belleza, no ser tan estrictos ni buscar la perfección física, destacar las cosas que más nos gusten de nosotros, no compararnos injustamente y proyectar como nos sentimos, porque así las personas nos trataran de acuerdo a esa imagen que proyectamos.

 

El autoreforzamiento

 

El autor lo refiere como reforzarnos, premiarnos, dedicarnos tiempo como hacemos con los demás. También habla de lo difícil que es gratificarnos, tener tiempo para nosotros y de cómo postergamos el placer porque es lo que nos han enseñado desde niños. dice que deberíamos ser más hedonistas, vivir con pasión y pensar que si no hacemos daño a otros o a nosotros mismos podríamos hacer lo quisiésemos.

 

Propone para incrementar el autoreforzamiento: Buscar por buscar, ser más curiosos, no dejar que nuestros pensamientos obstaculicen nuestros sentimientos y disfrutar, ser más sensibles al placer. Dice que debemos autoelogiarnos y felicitarnos cuando hemos hecho algo bien.

 

Sin embargo, según el autor, no podemos autorreforzarnos debido a tres factores principales: Creemos que no lo merecemos o no fue gran cosa lo que hicimos, que es nuestro deber y que autoelogiarse es de mal gusto.

 

Para conseguir autoelogiarse más, habla de que podemos aplicar a nosotros mismos los elogios que decimos a los demás. Aquí hace una categorización de los elogios que pretende ayudarnos a entender mejor como funcionan. Los categoriza en elogios impersonales, personales, dirigidos a ciertas características y elogios donde el que los hace está involucrado.

 

Para hacerlo propone hacernos más conscientes de nuestro dialogo interno, de lo que nos decimos a nosotros mismos, comenzar haciendo un autoelogio en voz baja hasta que poco a poco este se convierta en algo internalizado y practicarlo bastante para que se vuelva automático.

 

La autoeficacia

 

Riso dice que es la opinión afectiva que tenemos de nosotros mismos, la confianza que tenemos en que lograremos alcanzar lo que nos propongamos. La desconfianza en nosotros puede provocar que ni siquiera intentemos algo aunque tengamos la capacidad de hacerlo, tenemos la certeza de que nos va a salir mal.

 

Dentro de este concepto habla de cómo tenemos la percepción de que nada puede hacerse ante un evento estresante o doloroso, tenemos la experiencia de no tener el control lo cual suele causar depresión y cortar nuestro ímpetu de lucha. No intentamos modificar las situaciones porque son externas a nosotros o también por creencias culturales.

 

Según el autor evitamos enfrentarnos a las cosas incomodas o difíciles y esto provoca que tengamos creencias irracionales o actuemos inadecuadamente para tratar de solucionar el problema.

 

Esto ocurre debido a tres factores: que vemos las cosas incontrolables, que creemos que nuestra conducta está regulada más en factores externos y que nos atribuimos injustamente la responsabilidad de lo malo más que de lo bueno.

 

Para lograr una mejor autoeficacia propone: Eliminar el no soy capaz, ser menos pesimistas y fatalistas y ser un poco más realistas y arriesgarnos más. Intentar recordar lo bueno y no solo lo malo y revisar nuestras metas y no subestimarnos y acomodarlas por miedo o por creer que no somos capaces.

 

He hecho un muy breve resumen de este libro que recomiendo leer a profundidad porque cada capítulo, cada parte te lleva a una reflexión, a preguntarte y dialogar contigo mismo y a darte cuenta en que aspectos puedes mejorar e incluso te dice como hacerlo.

 

Discurso interno y autoestima

Cuando nos ocurren situaciones que no van como esperábamos, no llegamos a los logros deseados o simplemente algo no nos sale bien, es muy interesante pararnos a analizar cómo son los pensamientos que nos surgen sobre lo que ha pasado, sobre cómo ha sido nuestro desempeño. Te propongo que hagas este ejercicio, cuando algo te frustre o no haya ido bien párate y analiza cómo han sido esos pensamientos.

Mira si son del tipo “A mí esto no se me da bien”  “Madre mía mira que no saberlo” “que mal lo estoy haciendo” …etc? Esos pensamientos son vuestro discurso interno.

Nuestro discurso interno siempre nos acompaña. La mayor parte de las veces no nos damos cuenta de que está ahí y, simplemente, lo escuchamos de forma automática.

Nos hablamos mentalmente todo el tiempo. Mantenemos conversaciones internas constantes. Nos cuestionamos, nos explicamos, nos justificamos, nos reprochamos, nos advertimos, nos criticamos, nos alabamos, etc.

Toda esta comunicación interior con nosotros mismos es la manifestación de un trabajo de elaboración cognitiva y emocional que nos permite integrar las experiencias que vamos viviendo.

Habitualmente, no nos paramos a prestar atención a nuestro discurso interno, no cuidamos la manera en que nos hablamos ni analizamos los mensajes que nos damos. Lo emitimos de forma espontánea, automática.

Naturalmente, este proceso ha de hacerse de manera automática, pues sería muy costoso tenerle que prestar atención todo el tiempo.

En los últimos años se ha descubierto que el discurso interno modifica las conexiones neuronales de nuestro cerebro. Lev Vygotsky, célebre psicólogo ruso, fue quien se preguntó por primera vez si el cerebro usa los mismos mecanismos cuando la persona habla en voz alta que cuando lo hace en silencio y para sí mismo. La respuesta a esta pregunta no puede ser más curiosa: diversos estudios nos demostraron que cuando mantenemos esas charlas internas tan comunes se activan áreas como el giro frontal inferior izquierdo (área de Broca) presentes también cuando nos comunicamos en voz alta.

Charles Fernyhough psicólogo de la Universidad de Durham, descubrió que esa charla interna genera cerca de 4.000 palabras por minuto. Es decir, el diálogo interno trabaja 10 veces más rápido que el habla verbal.

Por tanto, todo lo que acontece en nuestra mente, cada idea, pensamiento, autoinstrucción y aseveración, tiene en nosotros un impacto enorme; tanto positiva como negativamente.

El diálogo interno negativo y persistente debilita múltiples estructuras neuronales haciendo a las personas mucho más vulnerables al estrés y afectando de forma clara nuestra autoestima.

Estructuras como la ínsula y la amígdala muestran una elevada hiperactividad cuando hay un dialogo interno de corte negativo. Estas áreas relacionadas con emociones como el miedo o la atención hacia las amenazas de nuestro entorno nos sumen en ocasiones en estados de gran desgaste psicológico. Es más, no podemos dejar de lado que el diálogo negativo es ese sustrato que alimenta la ansiedad y que puede situarnos en el laberinto de una depresión.

Hay un hecho especialmente curioso que muchos habréis experimentado alguna vez. Es común, por ejemplo, que uno sea siempre ese amigo infatigable que siempre está cuando se le necesita. Nos alzamos como esa persona que infunde ánimos, que sabe dar la palabra justa en el momento más necesitado; somos de algún modo, ese soporte incuestionable para los demás que con su comunicación siempre acertada infunde valías, entusiasmo y positividad.

Por el contrario, para nosotros mismos podemos ser a veces el peor enemigo. Nuestro diálogo interno resuena a menudo con frases como: “¿cómo has sido capaz de decir semejante tontería? Eres torpe”. “Ni te atrevas a intentar eso otro, eres una inútil en esos temas y lo sabes”, “fíjate en lo que ha pasado hoy, siempre te equivocas, siempre estás cometiendo un fallo tras otro”.

Somos lo que nos decimos a nosotros mismos y, en ocasiones, llevamos una vida entera conviviendo con una voz interna que se alza como el peor maltratador de todos. No es fácil cambiar ese discurso interno cuando llevamos tanto tiempo haciéndolo. No obstante, es necesario hacerlo por una razón evidente: el diálogo interno negativo modifica el cerebro y hace que tengamos una peor autoestima y seamos más vulnerables a los trastornos de ansiedad y la depresión.

Con mucha frecuencia tendemos a exagerar, enfatizar o dramatizar sobre los aspectos negativos de nuestro día a día mientras que relativizamos o damos mucha menos importancia a las cosas buenas que nos ocurren.

El contenido de nuestros pensamientos y de nuestras palabras están íntimamente relacionadas con la reacción emocional que experimentamos. Así, si valoro como una desgracia un cambio en mi trabajo, la reacción emocional que le sigue tendrá una connotación negativa mucho más intensa que si me concentro en ver las opciones u oportunidades que pueden venir tras el cambio.

De la misma manera que las verbalizaciones sobre nuestros pensamientos que contienen exageraciones y autocríticas negativas nos generan malestar emocional, podemos conseguir justo el efecto contrario si nos esforzamos en desarrollar un discurso más positivo

Para ello, vale la pena recordar lo que nos decía un viejo proverbio chino:

Cuida tus pensamientos, porque se convertirán en tus palabras.

Atiende tus palabras, porque se convertirán en tus actos.

Cuida tus actos, porque se convertirán en tus hábitos.

Cuida tus hábitos, porque se convertirán en tu destino

 

EFECTOS DEL RECHAZO DE PARTES DE UNO MISMO

Es común que a la hora de definirnos a nosotros mismos lo hagamos a través de los roles que ocupamos en los distintos ámbitos de nuestra vida, en base a nuestras fortalezas y a debilidades aceptables socialmente que pasarían el filtro de un entrevistador de recursos humanos. “Me llamo X, soy padre/madre, me gusta escalar, soy divertido/a, sociable, responsable, un poco perfeccionista y en ocasiones algo impaciente.” Es normal que nos definamos de esta manera ante personas que no conocemos, no buscamos mostrar de primeras las partes más íntimas o vulnerables de nuestra persona. Buscamos ser aceptados por los demás. Sin embargo, el problema aparece cuando esta es la manera en que nos definimos de cara a nosotros mismos, en la intimidad de nuestra propia mente, que no seamos capaces de ir más allá o que haya partes de nuestra persona que rechazamos mirar.

 

Todos tenemos partes que nos cuesta reconocer, aceptar o de las que nos cuesta hacernos cargo. Algunas nos generan sufrimiento, otras nos dan miedo y de otras incluso no somos conscientes. Sin embargo, forman parte de quiénes somos y no podemos deshacernos de ellas con la facilidad que nos gustaría, sino que nos configuran tanto como aquellas que sí nos gustan y también están vivas en nosotros. Todos nuestros rasgos y características se manifiestan a través de nosotros, la diferencia es si lo hacen desde la luz o desde la sombra. Aquellas zonas negadas de quienes somos se manifiestan en los momentos en que bajamos la guardia y dejamos de intentar ocultarlas o cuando estamos tan sobrecargados que no tenemos energía para censurarlas. Es por eso que cuando estamos cansados, enfadados, eufóricos, tristes, borrachos o en cualquier otro estado emocional o físico que no es el habitual y en el que no estamos controlando tanto la situación aparecen partes, comportamientos y deseos en nosotros que podían sernos desconocidos hasta el momento, porque estaban  dentro de nuestras zonas negadas. No significa que esas zonas seamos nosotros, sino que también son parte de nosotros, que también somos aquello que nos negamos.

 

Uno de los efectos que tiene rechazar partes de quienes somos es que nos imposibilita cambiar y crecer, puesto que no podemos cambiar aquello que no admitimos que está presente, y nos autocondenamos a convivir con ello desde el rechazo o la resignación, en lugar de preguntarnos qué puede aportarnos esa parte de nosotros y cuál es la razón de este rechazo. A veces, el miedo está en creer que la aceptación de esa parte de nosotros significa darle rienda suelta y dejar que se apodere de nosotros y tome el control de nuestra vida. En este caso, estamos sobreidentificaándonos con ella al pensar que puede llegar a convertirse en nuestra identidad, y le estamos atribuyendo una fuerza que no ha tenido hasta el momento y no tendrá porque reconozcamos su existencia. De hecho, al tomar conciencia de que forma parte de nosotros la reconoceremos cuando se manifieste, podremos responsabilizarnos de ella y sabremos que está disponible cuando podamos necesitarla. Aunque esto último pueda parecernos una locura, lo cierto es que todos los rasgos cumplen una función y  nos pueden ser útiles, y habrá momentos en que decidamos conscientemente manifestar esa parte de nosotros.

 

Esta es una buena oportunidad para que te preguntes cuáles son aquellas partes de ti que te cuesta mirar y te preguntes cómo podrías aceptarlas y acogerlas, iniciando un emocionante viaje de autoconocimiento por las zonas de ti que has apartado de la luz de la conciencia, con el propósito de reconocerte también en ellas, poder integrarlas y vivir una existencia verdaderamente auténtica.

PREGUNTAS DE REFLEXIÓN

¿Qué partes de ti consideras que rechazas?

¿Por qué crees que lo haces?

¿De qué manera piensas que se manifiestan?

¿Cómo podrías integrarlas?

 

Lucía Beltrán de Casso

 

 

AUTOESTIMA Y RELACIONES PERSONALES

Como Walter-Riso afirma (2015): “ama a tu prójimo como te amas a ti mismo”. La idea subyacente de esta oración, es que, si no nos amamos a nosotros mismos de manera honesta no podemos amar a las personas que nos rodean adecuadamente. De modo que, dependiendo de cuánto nos aceptemos a nosotros mismos nos relacionamos con las personas de una manera u otra.

Querernos a nosotros mismos y no aceptar o querer a los demás nos lleva al aislamiento. De la misma manera, amar demasiados a los demás y ponernos en segundo plano, es indicativo de  carencia de amor propio, y nos lleva a la fatiga emocional o física. Por lo tanto, y como muchas cosas en la vida, la clave está en el balance. En este caso, el equilibrio entre el amor que nos damos a nosotros mismos y el que le brindamos a las personas a nuestro alrededor. Creo que todos podemos pensar en momentos en los cuales nos hemos encontrado en unos de estos dos polos: aislados o poniéndonos en segundo plano. Igualmente, creo que todos podemos pensar en las consecuencias que esto no ha conllevado, por ejemplo: el cansancio emocional, una sensación de soledad y falta de apoyo,  fatiga o el desbordamiento emocional.

Sin embargo, muchas veces las relaciones que tenemos con los demás determina el amor que nos tenemos a nosotros mismos. Ya que, la principal fuente de conocimiento y que solemos utilizar de guía se crea a raíz de nuestras primeras relaciones interpersonales. Por lo tanto, estos primeros contactos con nuestro universo social crea en nosotros una idea de cómo somos y qué podemos esperar de las personas a nuestro alrededor. Igualmente, es cierto que como seres humanos tendemos a buscar personas que nos confirmen las ideas que tenemos sobre nosotros mismos más que personas que las contradigan.

Algunas de las ventajas relacionadas con una buena autoestima y las relaciones interpersonales son: la disminución del miedo a hacer el ridículo o de la necesidad de aprobación y relaciones más saludables y equilibradas en general. Igualmente, disminuciones en las sensaciones de angustia relacionadas con la pérdida de ellas..

Lo bueno es que, si eres una de esas personas que carece de amor propio, esto se puede ir trabajando. Como seres humanos tenemos una capacidad de adaptación y resiliencia importantísima y fundamental que nos ayuda a tener una mejor relación con nosotros mismos y con los demás. Tenemos recursos y habilidades suficientes para lograrlo, y el cambio ocurrirá cuando la realidad se enfrente a las creencias erróneas y toque replantearlas.

Marie-Pierre Capeans

Bibliografia:

Riso, Walter. (2015). Enamórate de ti. Oceano. Recuperado en: https://libroayudate.files.wordpress.com/2015/07/walter-riso-enamorate-de-ti.pdf

 

 

 

Construcción del concepto de uno mismo

Construcción del concepto de uno mismo

El autoconcepto hace referencia a la representación interna y cognitiva que el sujeto tiene de sí mismo (Broc, 2000). O lo que es lo mismo: se conforma de las ideas, creencias, características o atributos que uno tiene de sí mismo y que utiliza para describirse.

Esta imagen es el resultado de un proceso activo de construcción desarrollado a lo largo de toda la vida: desde el nacimiento hasta la vejez, donde llegamos a tener unas auto-percepciones muy organizadas.

El autoconcepto de uno mismo influirá significativamente en la autoestima, pues esta viene a ser el resultado de la valoración positiva o negativa que hacemos del mismo. Esta valoración se realizará, a su vez, en función de lo importante que sean para mí determinados atributos.

Así, por ejemplo, si yo tengo una imagen de mí mismo de ser poco atlético, pero para mí el deporte no es un área de valor personal, esta “incapacidad” no afectará a mi autoestima.

Ahora bien, ¿cómo se forma realmente mi autoconcepto?

Como animales sociales que somos, formamos la representación de nosotros mismos en relación con los otros y en interacción con nuestro entorno. Toman especial importancia los primeros años de vida, la infancia y adolescencia.

Construir mi autoconcepto va ligado al desarrollo de la habilidad de percibir e interpretar las actitudes de los otros durante la interacción social. Y como es de esperar, durante esta interacción, tienen un mayor impacto las actitudes y respuestas de aquellas personas que son emocionalmente significativas: familia, grupo de amigos, profesores…

Dado que es una dimensión dinámica y dependiente de la adquisición de habilidades sociales y cognitivas, se observan tres hitos evolutivos en su desarrollo:

  • Niñez temprana (2 – 4)- Self mínimo: El autoconcepto comienza a formarse cuando el niño ha conseguido percibirse así mismo como realidad diferente de los demás y reconocerse visualmente.
  • Niñez temprana a intermedia (5- 7) – Self externo: A esta edad, los niños se definen a sí mismos por rasgos y características observables, mencionando comportamientos concretos, condiciones físicas específicas, preferencias, hablando de destrezas particulares en vez de generalizar sus habilidades. Comienzan a introyectar las opiniones y expectativas de los demás.

  • Niñez intermedia a tardía (8 – 11) – Self interno: La visión de uno mismo es más contextualizada y ajustada, producto del pensamiento abstracto y crítico que caracteriza al adolescente. Se usa la comparación social con el fin de auto-evaluarse. En esta etapa se mantiene el adulto.

Hay dos tipos de aprendizajes por los que el autoconcepto se conforma: partir de aprendizajes implícitos: ¿me respondían en casa cuando hacía preguntas?, ¿mis cambios en mi aspecto físico o comportamiento eran notados?, ¿cómo reaccionaban los adultos de mi alrededor cuando intentaba, pedía o fallaba en algo? ¿se reían cuando yo hacía un chiste? etc; Y a partir de aprendizajes más explícitos: si gano una medalla en una competición de atletismo, será que soy bueno corriendo; si me ponen un sobresaliente en un examen, será que me he esforzado y/o que soy muy inteligente; si tengo muchos amigos, será que soy simpático, etc.

El otro hace de mi espejo y ofrece la retroalimentación necesaria para la configuración del concepto de uno mismo. Son sus expectativas y atribuciones sobre mí, sobre mi conducta, mis éxitos y fracasos los que van dando forma a la representación interna y estable de mí mismo.

¿Por qué trabajar el autoconcepto toma un rol importante en terapia? La respuesta es tan simple como relevante: conocerse e identificar las creencias que tengo sobre mí mismo van a condicionar mis acciones y mis acciones van a condicionar mi vida.

Es importante tener presente que el autoconcepto es una construcción, no una esencia inmutable.

Un autoconcepto favorable permite tener un sentido de autoconfianza, de autocontrol sobre la vida y sentimientos propios que te preparan para la toma de decisiones y solución de problemas (Mestre, Samper & Pérez, 2001).

¿Te has parado alguna vez a reflexionar que autoconcepto tienes? ¿cómo te describes? ¿es favorable? ¿cuánto te conoces?

En palabras de Galileo Galilei: “La mayor sabiduría que existe es conocerse a uno mismo”.

Aitana Navia López

Bibliografía:

Campo, L.A. (2014). El desarrollo del autoconcepto en niños y niñas y su relación con la interacción social en la infancia. Psicogente, 17(31), 67-79. Recuperado de http://portal.unisimonbolivar.edu.co:82/rdigital/psicogente/index.php/psicogente

Tipos de autoestima

Los cinco tipos de autoestima que hay

            La autoestima es la valoración que cada uno hace sobre la concepción que tiene de sí mismo. Todo el mundo tiene una autoestima y a la hora de hablar sobre ello menciona que la tiene alta o baja. Pero, ¿sabes que más allá de eso existen distintos tipos de autoestima?

            En primer lugar, está la autoestima alta estable. Aquí la persona es segura de sí misma y confía en sus habilidades. Tienen mayor flexibilidad para aceptar sus errores, una actitud más abierta hacia las críticas y más facilidad para enfrentar nuevas situaciones o desafíos porque no le tienen miedo al fracaso.

            Por otro lado se encuentra la autoestima alta inestable. Esta es similar a la autoestima alta, pero sus características dependen de los factores externos. Tienen seguridad y confianza propia siempre y cuando su entorno también esté bien. Ante un fracaso pueden derrumbarse. Les es muy difícil aceptar las críticas y tienen poca tolerancia al fracaso. Esto causa que puedan sentirse inseguros e inválidos, provocando fluctuaciones en la autoestima y de aquí, su inestabilidad.

            En la autoestima baja y estable hay una insatisfacción hacia sí mismo y una falta de confianza, lo que lleva a una excesiva autocrítica. Tienden a mostrarse siempre indecisos y no se ven capaces de defender su opinión, piensan que no podrán conseguir lo que se propongan ya que confían muy poco en sus capacidades. Este tipo de autoestima es característica de personas con síntomas depresivos y ansiógenos.

            Por otra parte, en la autoestima baja e inestable hay un gran condicionamiento por los factores externos. La autoestima se mantiene baja generalmente, y frente a logros o éxitos sube, aunque este sentimiento de valía es temporal. Es un tipo de autoestima muy fluctuante e inestable, ya que depende del contexto para encontrarse bien, lo que hace a la persona altamente vulnerable a los eventos.

            Por último se encuentra la autoestima inflada. Aquí las personas mantienen una actitud de prepotencia y necesitan destacar sus logros y virtudes con el objetivo de tener reconocimiento por parte de otros. Buscan tener la razón siempre, y tienen tendencia a considerarse mejor que el resto en todo aquello que hacen. Les es difícil reconocer los errores y las críticas, y culpan de ellos al resto del mundo. Sin embargo, debajo de todo esto buscan esconder sus inseguridades y baja autoestima.

            En conclusión, podemos decir que hay cinco tipos principales de autoestima, y que este sentimiento de valía que cada uno tiene de sí mismo se mide según su estabilidad en el tiempo y el centro que proporcione la seguridad.

            Y tú, ¿te has sentido identificado con algún tipo? ¿Qué autoestima tienes?

Carlota Urgel

¿Qué factores influyen a la hora de elegir un tipo de terapia?

A la hora de decidir ir a terapia y buscar un psicólogo son muchos los factores que se tienen en cuenta: el prestigio del profesional, su experiencia, el precio y la periocidad de las sesiones, recomendaciones de conocidos, incluso la distancia desde tu casa. Pero, ¿y el tipo de terapia que se lleva a cabo? Muchas veces es algo que la gente no contempla por desconocimiento de las diversas corrientes terapéuticas y de los enfoques que se llevan a cabo.

Aunque no esté demostrado que ningún tipo de terapia específica tenga una efectividad mayor respecto al resto en términos genéricos [1] (las diferencias encontradas solo explican el 1% de la varianza, el mismo porcentaje que se espera por azar) elegir una u otra puede ser crucial para su éxito. Esto se debe a las características personales del sujeto que va a ir a terapia: algunos enfoques son más directivos que otros, se centran más en el paciente o en la familia, trabajan con la conducta, los pensamientos o la experiencia emocional personal… Y según estos factores una corriente podrá encajar mejor con la forma de ser del paciente y abordar con mayor eficiencia y rapidez su motivo de consulta.

La elección de la terapia debería depender de la personalidad del paciente, de su actitud frente a la terapia, la dificultad que quiera trabajar y sus gustos personales, como si quiere recibir pautas específicas de acción, si prefiere hacer un trabajo más emocional o si busca una solución rápida a lo que le sucede. A continuación explicamos brevemente los factores personales que influyen en la elección de una terapia u otra:

  • Cognitivo-conductual: las personas que eligen esta terapia suelen tener un modo racional de ver las cosas y están buscado entender los mecanismos de su mente, trabajar la autocrítica y el ruido mental.
  • Activación conductual: esta terapia está dirigida a trabajar mediante la conducta para tratar la depresión y la ansiedad. Los pacientes que eligen esta terapia suelen ser racionales y quieren recibir pautas específicas de comportamiento y afrontamiento para tener resultados lo antes posible.
  • Terapia sistémica: observa la patología como el resultado de las dinámicas que hay dentro de una familia, por lo que la gente que la escoge suele tener dificultades en su historia familiar o quieren mejorar su relación con su familia o su pareja.
  • Psicoanálisis: la gente que escoge esta terapia quieren conocer la raíz de su problema y buscan descubrirse poco a poco, sin darle importancia a obtener resultados rápidos.
  • EMDR: trata las dificultades causadas por diversos eventos traumáticos, por lo que la gente que lo escoge suele tener una alta emocionalidad y quiere trabajar la fobia, el duelo o el trauma.
  • Terapia Gestalt: se centra en vivir el aquí y el ahora. Los pacientes que acuden a este tipo de terapia suelen tener dificultades para vivir el presente, concentrarse o relajarse, y buscan entender el “cómo”, “por qué y “para qué” de sus emociones y relaciones.
  • Terapia breve centrada en soluciones: la gente que busca resultados rápidos para su problema y está abierta a recibir cualquier pauta de acción por parte de su terapeuta suele realizar esta terapia.
  • Terapia existencial: personas que atraviesan una crisis existencial y quieren conocerse y entenderse a sí mismos acuden a esta terapia, donde se abordan preocupaciones propiamente existenciales como son el sentido de la vida y la muerte.

La mayoría de abordajes puede integrarse con el resto para trabajar las diferentes áreas de la vida del paciente con un abordaje multidisciplinar. Ten en cuenta que estos son sólo unos pocos ejemplos de las diversas terapias que se llevan a cabo, ¡hay muchas más!

Y tú, ¿qué terapia crees que encaja mejor contigo?

 

Carlota Urgel

 

[1] Estudios del impacto de la técnica/modelo en el resultado. Rosenzweig, S.(1936). Some implicit common factors in diverse methods in  psychotherapy. Journal of Orthopsychiatry, 6, 412m15.  Wampold, B.E. et al. (1997). A metamanalysis of outcome studies comparing bona fide psychotherapies: Empirically, “All must have prizes .» Psychological Bulletin,12 2 (3), 203-215.

¿Qué aspectos comunes tienen distintos tipos de psicoterapia?

Cuando buscamos ayuda terapéutica, generalmente lo hacemos por una situación particular que nos está generando dolor o ansiedad, o está obstaculizando algún aspecto de la vida cotidiana. La psicoterapia o terapia psicológica puede ser una forma de tratar con problemas como depresión, ansiedad, problemas de personalidad o sexuales, de pareja, familiares o con los hijos. Ir a terapia nos puede ayudar a vivir mejor y más plenamente.

Existen diversos tipos de psicoterapia como: Psicoanálisis, Cognitivo conductual, terapia sistémica, terapia Gestalt, terapia racional emotiva, entre otras. Después de leer sobre cada una, puedes haber quedado más confundido que antes y es que, en mi opinión, entre las distintas corrientes ninguna es mejor que otra, todas son eficaces en una forma u otra y la elección de cual aplicar depende muchas veces del terapeuta y sus gustos personales.

Los factores comunes, son aquellas cosas que producen efectos terapéuticos, que no son exclusivas de un modelo teórico determinado. Estos factores quieren decir que, a la hora del tratamiento, no es tan determínate el modelo teórico, las variables más importantes suelen ser el terapeuta y los factores comunes, que te cuento a continuación.

En 1986 Lambert1 describió que el 30% de la eficacia de la terapia dependía de los factores comunes entre las distintas corrientes, 15% tenía que ver con las técnicas escogidas, otro 15% estaba relacionado con las expectativas y el efecto placebo y el 40% restante con otros factores extra-terapéuticos como: recursos del paciente, fortalezas y acontecimientos externos.

Dentro de estos aspectos comunes podemos encontrar:

  • La alianza terapéutica: Es el vínculo emocional entre terapeuta-paciente. Es la base de la confianza que muchas veces predice el éxito o fracaso de un proceso terapéutico y uno de los aspectos comunes y que más influye en la eficacia de un tratamiento.
  • Los rituales o procedimientos: Son situaciones en las que están implicados tanto paciente como terapeuta y que llevan a que el paciente ponga en práctica aquello hablado en terapia y que pueda resultarle útil o positivo en su vida.
  • La percepción: Es común que todos los pacientes perciben el proceso terapéutico como un entorno de curación, un espacio que los va a ayudar en la resolución de sus problemas.
  • Las explicaciones psicológicas: La mayoría de los terapeutas ofrecen explicaciones psicológicas, sociales y culturales del porqué del malestar del paciente.
  • Las explicaciones adaptativas: Esto hace referencia a ofrecer opciones y reflexionar hasta encontrar alternativas para la superación de dificultades por parte del paciente.
  • El poder de la escucha: Dar lugar al malestar y escuchar a los pacientes es algo que todo buen terapeuta debe hacer y que proporciona un efecto terapéutico en sí.

Por todo esto, es importante decir que, los factores comunes son parte fundamental de la terapia, que se establezca una buena alianza terapéutica, que se fijen objetivos y metas comunes y que si a esto le sumamos los recursos del propio paciente, así como sus expectativas, se generará un ambiente seguro en el que se pueden explorar las dificultades, los conflictos y conseguir los objetivos de cada paciente.

¿Qué aspectos te parecen importantes a la hora de elegir terapeuta?

¿Qué objetivos crees que son importantes que planteen terapeuta y paciente?

Anet Diner

Bibliografía

  • Del Cid, L. B. G., & Blanquerna, F. P. C. E. E. (2016). Integración en Psicoterapia.
  • Jarne, A. (2015). Manual de psicopatología clínica. Herder Editorial
  • Lambert, M. J. (1986). Implications on psychotherapy outcome research for eclectic psychotherapy. In J. C. Norcross (Ed.), Handbook of Eclectic Psychotherapy. New York: Brunner- Mazel.
  • Uribe Restrepo, M. (2008). Common Factors and Integration of Psychotherapies. Revista Colombiana de Psiquiatría37, 14-28.

¿CÓMO SURGEN LAS DIFERENTES CORRIENTES PSICOLÓGICAS?

La mente y el comportamiento humano siempre ha sido un campo de interés para la ciencia desde las civilizaciones antiguas de Egipto, Persia, Grecia, China e India. Sin embargo, la psicología entendida como ciencia no hace su aparición hasta finales del siglo XIX coincidiendo con la inauguración del laboratorio implementado por Whilhelm Wundt.

En estos primeros años surge la corriente psicológica del estructuralismo centrando su atención principalmente en el estudio del pensamiento, la inteligencia, la memoria etc. Podríamos decir que su objetivo principal fue descubrir los componentes elementales de la consciencia y de que forma interaccionan entre ellos para dar lugar a los procesos mentales. Sin embargo, la perspectiva que utilizaban los estructuralistas podía entenderse como reduccionista ya que la idea principal que sustentaba esta corriente es que un sistema tan complejo como nuestra mente podía descomponerse en partes aisladas e independientes.

No es hasta principios del siglo XX que surge el funcionalismo corriente que rechaza este enfoque estructuralista y trata de comprender los procesos mentales como un todo, centrándose en el funcionamiento de la mente y no en los elementos que la componen.

Otra corriente que surge a principios del siglo XX es la Gestalt (que no debe confundirse con la terapia Gestalt que surgirá unos años más adelante). Esta corriente tiene su origen en Alemania y buscaba estudiar principalmente procesos relacionados con la percepción. Estos investigadores crearon lo que conocemos actualmente como “leyes de la Gestalt” que explican como percibimos a través de ciertos estímulos. Son las leyes que explican la mayor parte de las ilusiones ópticas que en algún momento todos hemos podido ver.

Contemporáneamente a estas tres corrientes surge el psicoanálisis a raíz de la obra y pensamiento de Sigmund Freud. El autor presenta la idea de que las emociones, pensamientos y conductas humanas se deben a la lucha inconsciente de fuerzas opuestas. Y que éstas pueden ser comprendidas por el individuo a través de la interpretación.

En contraposición del psicoanálisis surge el conductismo, que basaba sus investigaciones únicamente en elementos observables. Los conductistas se centran en analizar la relación que existe entre estímulos y respuestas. Entendiendo que ciertos estímulos hacen que la conducta aumente mientras que otros la disminuyen (en frecuencia, intensidad o duración)

A mediados del siglo XX tenemos el surgimiento de otra corriente, la psicología humanista, en reacción a los anteriormente mencionados psicoanálisis y conductismo. La psicología humanista nace debido a la simplificación que ambas corrientes hacían a cerca del ser humano, buscando una compresión integral del mismo. La psicología humanista hunde sus raíces de la concepción del ser humano en la filosofía. Asimismo, desde la propuesta que hace Carl Rogers, uno de los mayores representantes de la psicología humanista, se entiende que el individuo posee las capacidades suficientes para comprenderse a si mismo y cambiar siempre que haya un clima determinado que lo facilite. Además, la psicología humanista pone mucha atención en el establecimiento de un buen vinculo con el paciente, en el que estén presentes la empatía, la aceptación incondicional y la autenticidad.

Al mismo tiempo surge la terapia sistémica que tiene sus orígenes en la terapia familiar. Sin embargo, la terapia sistémica no considera que la familia sea el único foco en el que se pueda realizar la intervención. Desde esta corriente se entiende que el enfermo no es más que el portador de los síntomas de una dinámica disfuncional que está teniendo lugar en el sistema al que pertenece.  Por tanto, entiende que siempre que se produzca un cambio en uno de los elementos del sistema (familia, pareja, escuela, trabajo) el sistema cambiará. Desde esta corriente se trabaja con las dinámicas relacionales, el estudio del árbol genealógico y las jerarquías.

A finales del los 60 surge el cognitivismo, como reacción al conductismo anteriormente mencionado. Esta corriente buscaba poner el foco de atención en aquellos procesos que no habían sido tenidos en cuenta como por ejemplo las creencias, pensamientos, emociones etc…

A finales del siglo XX se produce la unión entre la terapia cognitiva y la conductual. Dando lugar a la terapia cognitivo-conductual (o terapia Co-Co). Esta terapia es la más extendida actualmente centrando las intervenciones en elementos comportamentales observables, pero también en todos aquellos “subjetivos” no observables que un principio eran rechazados por la corriente conductual. Esta terapia está muy centrada en los problemas del presente que trae el paciente.

Por último, tenemos el surgimiento de las terapias de tercera generación. Estas terapias buscan hacer una intervención más próxima a la persona que al problema teniendo muy en cuenta su vivencia y como el contexto en el que tiene lugar ha podido afectar. El objetivo principal es cambiar el modo en el que el paciente percibe su problema, facilitando que llegue a comprender la funcionalidad que se le ha otorgado a la conducta modificándolas desde la aceptación. La terapia no se entiende como una lucha si no como una reorientación de los aspectos vitales del paciente.

Este ha sido un pequeño recorrido a través del nacimiento de las corrientes más destacadas de la psicología, sin embargo, esto no quiere decir que las corrientes hayan permanecido estáticas. Cada una de las corrientes que hemos visto ha ido evolucionando con el paso del tiempo, así como generando nuevas formas de comprender al ser humano y de como acercarse a él.

ALGUNAS PREGUNTAS PARA REFLEXIONAR:

  • ¿Cuál crees que es la corriente que más encaja con tu forma de entender al ser humano?
  • ¿Crees que alguna de estas corrientes presenta una mayor eficacia?
  • ¿Hay alguna corriente de la que nunca hayas oído hablar? ¿a qué crees que se debe?

Raquel Bertaccini García

Evolución de la psicología

La psicología es una ciencia muy joven y en su evolución ha ido generando diferentes corrientes teóricas que han intentado explicar su concepción del ser humano, su manera de comportarse, aprender, enfermar y sanar. De manera muy general, las principales corrientes son: Psicoanálisis, existencialismo, humanismo, sistémica, cognitivo-conductual y terapias de tercera generación. Vamos a explicar brevemente cada una de ellas:

Psicoanálisis

Fue la primera psicoterapia moderna. Freud es probablemente uno de los autores más famosos de esta corriente. La idea principal del psicoanálisis es que las experiencias vitales de la infancia se almacenan en el inconsciente; la persona reprime estas experiencias, deseos por ser rechazados culturalmente o por ella misma. Los síntomas aparecen cuando estas pulsiones se esfuerzan por salir y la persona lo reprime.

“Hasta que lo inconsciente no se haga consciente , el subconsciente seguirá dirigiendo tu vida y tu lo llamarás destino” Carl Jung

El existencialismo/fenomenología y el humanismo 

La diferencia es que la primera nació en Europa y, la segunda, en Estados Unidos. Sus autores más conocidos son, Maslow, Carl Rogers, o Viktor Frankl. De manera general defienden que todo lo que hace el individuo se orienta a buscar la manera de ser feliz y de satisfacer sus necesidades. Pero a veces estos esfuerzos son inadecuados y esto acaba provocando el sufrimiento.

En la terapia humanista y existencial se intenta concretar el “ser” al que quiere llegar la persona, el punto desde donde parte y la manera de hacer el recorrido.

“Las decisiones, no las condiciones determinan quienes somos” Viktor Frankl

Terapia Sistémica

En la terapia sistémica se trabaja, principalmente con familias. Los autores más destacados  de esta corriente son, Minuchin, Haley y Selvini-Palazzoli. La terapia sistémica concibe la familia como un sistema en el que las conductas de un miembro afectan las conductas de todos los demás. Por lo tanto la psicoterapia consiste en explorar las relaciones entre los miembros y corregirlas cuando son las que conllevan el malestar.

“Crecer es aprender a separarse” Salvador Minuchin.

El Modelo Cognitivo-Conductual

Este modelo aúna lo mejor del conductismo con el cognitivismo; es la corriente más aplicada actualmente. Propone que al modificar los pensamientos y las conductas de la persona conseguiremos una mejoría en su bienestar.

““La psicología no puede decirle a la gente cómo deben vivir sus vidas. Sin embargo, puede proporcionarles los medios para efectuar el cambio personal y social” Bandura

Las terapias de tercera generación

Estas son las terapias más recientes; básicamente postulan que las personas tienden a esforzarse para evitar el sufrimiento, pero este, forma parte de la vida, y que empeñarse en eliminarlo a veces hace que el malestar aumente. Promulgan entre otros aspectos la aceptación del mismo y cambiar el discurso interno de la persona.

Para concluir, la pregunta lógica sería ¿Cuál de todas las corrientes es mejor? La respuesta es muy sencilla, TODAS, todas han demostrado una gran eficacia en diferentes situaciones, en un famoso estudio de Michael Lambert, se demostró que el 30% del resultado de una psicoterapia depende de una serie de factores comunes, que están presentes en todos los modelos psicoterapéuticos y que solo el 15% del cambio producido en la terapia se puede atribuir a la técnica o corriente aplicada. Un buen psicólogo aplicará el eclecticismo; es decir, buscará la técnica más eficaz y pertinente para la persona concreta teniendo en cuenta sus características y contexto.

MAIJ