Intolerancia a la incertidumbre y ansiedad

La incertidumbre es la falta de certeza, seguridad o confianza sobre algo, y esta suele crear inquietud. Una de las necesidades primarias del ser humano es la seguridad, y no saber qué va a suceder el día de mañana o ante una situación crucial puede ser muy estresante. Es por ello que la incertidumbre es el combustible idóneo para desencadenar la ansiedad, la cual, aunque sea una reacción natural e incluso funcional, puede vivirse de manera muy desagradable.

 

La ansiedad es una respuesta emocional de temor e inseguridad ante una situación que se percibe como amenazante, y la incertidumbre se puede vivir de este modo, como una posible amenaza que escapa a nuestro control. Es común preocuparse ante situaciones sobre la que tenemos poca información, pero a veces esta preocupación se vuelve excesiva y dañina para uno mismo. Cuando la preocupación se hace bola, llega la ansiedad. Y hay dos maneras en las que podemos afrontar esto: eliminando la incertidumbre que nos genera malestar, o evitándola.

 

Una manera de eliminar esta incertidumbre es poniendo en práctica acciones que nos alejen de ella. Esto es tratar de confirmar o desmentir nuestras inquietudes. Por ejemplo, si dudamos sobre si hemos cerrado la puerta con llave, lo comprobaremos. Si dudamos si un amigo está enfadado con nosotros, le preguntaremos hasta que nos de una respuesta. Si dudamos sobre cómo hemos hecho nuestras tareas, las repasaremos una y otra vez hasta que tengamos claro que están bien. Esto puede acabar volviéndose contra nosotros ya que la comprobación tiene un matiz adictivo: es un modo de encontrar control dentro de una situación poco controlable.

 

De hecho, Michel Dugas vinculó un nivel alto de intolerancia a la incertidumbre con varios trastornos de la ansiedad, como también, de manera menos fuerte, con trastornos de la alimentación y depresión. Asimismo, la incertidumbre se ha vinculado a la indecisión, la dificultad para tomar decisiones. Como no puedes saber con total seguridad qué ganas y qué pierdes a la hora de tomar una u otra decisión, te cuesta mucho elegir cualquiera. Sobreanalizas cada posible resultado tratando de descifrar qué ocurrirá, para así ganar control sobre el futuro (o, al menos, sentir que así lo haces) para evitar la ansiedad que te produce no saber qué va a ocurrir.

 

Otro modo en el que a veces se afronta la incertidumbre es la evitación. La persona procura no pensar o no enfrentarse a la situación temida que le agobia. Una evitación extrema de la incertidumbre sería, por ejemplo, no aceptar un ascenso en el trabajo por no saber cómo serán los nuevos cargos, no hacer un viaje por no saber qué ocurrirá, o no dejar una relación porque no sabes cómo te sentirás cuando estés solo. Esto sería un poco como el refrán español “más vale malo conocido que bueno por conocer”.

 

Una estrategia alternativa ante estos dos modos de enfrentar la incertidumbre es la aceptación: simplemente, vivir con ella. Hay situaciones en las que por mucho que se haga no se puede saber qué va a ocurrir. Y sólo te queda afrontarlo sin intentar hacer nada por cambiarlo. Las personas que no toleran la incertidumbre sobreestiman la probabilidad de que algo malo pase, tienden a exagerar el riesgo y las consecuencias negativas que podrían surgir de esa situación. En este caso, exponerse voluntariamente a situaciones de incertidumbre puede ser algo positivo: aprendes que no saber qué va a pasar no es tan malo como se piensa y que es algo toreable

 

Carlota Urgel