La somatización es un fenómeno complejo que involucra la manifestación de síntomas físicos en ausencia de una causa médica, y está estrechamente asociada a aspectos psicológicos y emocionales.

La somatización

El estrés, la ansiedad, la depresión, el trauma y otros problemas emocionales pueden desempeñar un papel crucial en la somatización. Las emociones intensas, especialmente aquellas no expresadas o reprimidas, pueden manifestarse en forma de síntomas físicos.

En lo que refiere al estrés, en concreto al estrés crónico o que perdura en el tiempo, es más probable desarrollar enfermedades relacionadas con el sistema inmune, o adquirir determinados hábitos poco saludables, que a la larga pueden minar la salud. Por lo tanto, el estrés crónico, además de generar problemas a nivel físico como los anteriormente mencionados, también afecta a nivel psicológico por la disminución de la capacidad de adaptación que genera.

Relacionado con la depresión, puede tener efectos negativos en el sueño, la alimentación y otros comportamientos fundamentales para la salud, lo que a su vez puede afectar el sistema inmunológico de manera indirecta. Por otro lado, la ansiedad suele producir tensión y contracción de la musculatura de la cabeza y el cuello. Si ésta se prolonga varias horas se produce constricción vascular e isquemia, que sería la causante de las migrañas. Como podemos observar existen diferentes emociones o estados psicológicos que influyen sobre la salud física, algunas de las enfermedades psicosomáticas más comunes ocurren en los sistemas digestivo, respiratorio, nervioso, endocrino y locomotor. (Velasco et al.,2010)

Diversos autores han considerado que algunos rasgos de personalidad como el neuroticismo y la extraversión influyen en las estrategias de regulación emocional. Una percepción asociada a la hipervigilancia, atención selectiva y tendencia a interpretar las sensaciones somáticas como preocupantes, contribuye a la amplificación de los síntomas, Un estudio muestra como el grupo de personas con un menor nivel de autoestima y un locus de control externo más fuerte se asocia a un mayor número de trastornos psicosomáticos (Fernández, 2000). 

Las personas con un locus de control externo tienden a creer que los resultados de sus acciones y experiencias están principalmente determinados por factores externos, como el destino, la suerte, el azar, otras personas o circunstancias fuera de su control directo. Por otro lado, las personas con un locus de control más interno sienten ese empoderamiento que les mueve a ser más adaptativos, tener un mayor nivel de adherencia al tratamiento y por lo tanto una mayor probabilidad de mejoría. 

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